Como mero
ejercicio de salud mental resulta recomendable
ver el tratamiento de ciertos medios de
comunicación a acontecimientos de importancia,
en este caso el exitoso viaje papal a Estados
Unidos. En la misma mañana del aterrizaje de
Benedicto XVI en Roma, la agencia de noticias
Associated Press amanecía con el titular:
“Incierto impacto de la visita de Benedicto XVI
a Estados Unidos”, y a renglón seguido afirmaba
que todavía estaba por verse si su gira pastoral
de seis días imprimiría una huella perdurable
“en un país que admira a todas luces”… A la
progresía secular le resulta siempre doloroso
que alguien, y más el Papa, admire a Estados
Unidos.
Con parecida
actitud, la Agencia France Press se detenía a
mencionar que el Papa rindió homenaje a la
“diversidad étnica” de la sociedad
norteamericana, como si la sandez de lo
políticamente correcto fuera el punto
fundamental de la visita. Fidel Castro tampoco
perdió la oportunidad de politizar el viaje para
lanzar unas nuevas reflexiones bajo el título
“Paz y prosperidad”, publicadas por el diario
oficialista “Granma”. Según Castro, los
discursos de Benedicto XVI en Estados Unidos
expresaron la antítesis de la política de
brutalidad y fuerza que aplica Bush en medio de
la guerra desatada por Estados Unidos contra los
musulmanes. Ni más, ni menos. En Europa, el
diario alemán “Suddeutsche Zeitung” señaló que
el Papa permaneció abstracto e impreciso en sus
misas y en sus discursos ante el público
político, tanto frente a Bush como ante Naciones
Unidas.
Los ejemplos dados
no son, afortunadamente, representativos de lo
dicho en general por los medios, pues la gran
mayoría de las informaciones han sabido valorar
en su justa medida el éxito del viaje papal.
Este viaje no tenía una intención política sino
apostólica. Así lo ha sabido ver la inmensa
mayoría del pueblo norteamericano y sus líderes,
tanto los religiosos como los políticos. Dick
Cheney, al que la progresía secular nos sigue
presentando como el ogro neocon de la
Administración Bush, despidió el domingo por la
noche a Benedicto XVI en el aeropuerto de Nueva
York agradeciéndole hondamente su visita y
reconociendo que Estados Unidos se fundó en la
idea de Dios. Lejos de politizar esta visita,
Cheney no dudó en decirle a Benedicto XVI que él
es y será siempre bienvenido a Estados Unidos
como heraldo del evangelio de Jesucristo y como
líder de la Iglesia Católica, como maestro y
pastor de billones de almas.