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Benedicto XVI eclipsa
las primarias
Publicado en
Libertad Digital: 21/04/08
El viaje del Papa
Benedicto XVI a Estados Unidos ha servido para
certificar varias cosas: la primera, que estamos
ante uno de los más grandes pontífices de la
historia de la Iglesia. Su presencia en la vida
norteamericana a lo largo de esta semana se ha
dejado notar en mucha mayor medida que lo visto
en pasados viajes papales, incluido el de Juan
Pablo II. Los actos, intervenciones y misas
celebradas al hilo de su viaje, retransmitidos
por las grandes cadenas de radio y televisión
nacionales norteamericanas, dan cuenta del gran
impacto de su viaje en el seno de la comunidad
estadounidense, y no sólo de la católica. Este
fin de semana, a sólo dos días de las
importantes y claves primarias electorales de
Pennsylvania, Benedicto XVI ha seguido ocupando
la primera plana en todas las informaciones. La
emotiva misa final en el Yankee Stadium
de Nueva York refleja la importancia de
Benedicto XVI para un pueblo como el
norteamericano que siempre miró con ciertas
dudas a Roma.
En la Casa Blanca,
Benedicto XVI acertó al señalar que la búsqueda
de la libertad en Estados Unidos se guió por la
convicción de que los principios que gobiernan
la vida política y social están íntimamente
relacionados con un orden moral, sobre la base
de la señoría de Dios Creador. La historia
norteamericana verifica cómo la democracia sólo
puede florecer cuando los líderes políticos y
sus representados son guiados por la verdad, que
nace de firmes principios morales y también
religiosos. En la Asamblea General de Naciones
Unidas, Benedicto XVI no dudó en reconocer el
papel superior que desempeñan las reglas y las
estructuras intrínsecamente ordenadas para
promover y defender la libertad humana. Además
de reconocer el carácter sagrado de la vida,
Benedicto XVI apuntó cómo los derechos asociados
con la religión necesitan protección, en
especial si se los considera en conflicto con la
ideología secular predominante o con posiciones
de una mayoría religiosa de naturaleza
exclusiva.
En la misa final
en el Yankee Stadium de Nueva York,
Benedicto XVI nos recordó cómo en doscientos
años la Iglesia Católica en Estados Unidos se ha
ido edificando en la fidelidad a los dos
mandamientos del amor a Dios y del amor al
prójimo. Desde la elevación de la primera
diócesis estadounidense en Baltimore, a la
Archidiócesis metropolitana, y la fundación de
las sedes de Nueva York, Boston, Filadelfia y
Louisville, hoy no cabe ya duda del importante
papel del catolicismo en Estados Unidos. Unas
horas antes, en la Zona Cero, el Papa rezó ante
el recuerdo de los ataques terroristas del 11-S.
Cuando un agente de la policía, disminuido
físicamente tras aquel atentado, se le acercó a
besarle el anillo arrodillándose, Benedicto XVI
lo levantó emocionado y lo acogió en un gesto
que –como tantos otros en esta visita- definen
la figura de un hombre bueno, necesario para una
época de peligroso relativismo moral.
Los
norteamericanos, como millones de personas por
todo el mundo, estamos sedientos de una figura
que una a cuantos creemos en la libertad, más
allá de etiquetas ideológicas o políticas.
Benedicto XVI nos ha enseñado estos días, sin
necesidad de decirlo, que el mensaje del
catolicismo y de toda la familia hermana
judeocristiana trasciende lo meramente religioso
y se convierte en una actitud ante la vida tras
los pasos de la divinidad. Ante una figura como
la de Benedicto XVI, la sucia batalla política a
la que asistimos cada día (sobre todo en este
tiempo electoral de primarias y presidenciales)
sólo puede observarse como un efímero charco de
inmundicia, en especial si lo comparamos con el
limpio mensaje espiritual, antropológico y
humanístico que transpiran las palabras
pronunciadas estos días por Benedicto XVI. Su
presencia ha eclipsado, sin duda, las primarias.
Su liderazgo espiritual y moral supera con
creces las bajezas humanas y mundanas de quienes
hacen de la política una mera forma secular de
la existencia.
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