Su miopía marxista
alcanzó también a su
poesía, igual que
hoy les ocurre a
muchos poetastros
salvadores,
catedráticos de
ejercicio que se
enriquecen con el
dinero público
mientras fomentan
una universidad
radicalizada en el
socialismo y la
manipulación.
Juan Ramón Jiménez
ya dijo de Neruda
que era un gran
poeta “malo”. Al
hilo de la Guerra
Civil, y tras haber
insultado Neruda a
todos los españoles
que luchaban en el
bando nacional, el
chileno escribió
poemas tan
sintomáticos como
Canto a Stalingrado
o Nuevo canto de
amor a Stalingrado.
Leerlos hoy produce
sonrojo, como otros
muchos de su
Canto general,
por ejemplo. Allí
Neruda elogia a
Stalin y nos
advierte: “Stalin
alza, limpia,
construye, fortifica
/ preserva, mira,
protege, alimenta, /
pero también castiga.
/ Y esto es cuanto
quería deciros,
camaradas: / hace
falta el castigo”.
Cuando muere Stalin,
Neruda inicia su
elegía con un
“Camarada Stalin…”,
a lo que sigue:
“Stalin es el
mediodía / la
madurez del hombre y
de los pueblos”.
Para el gran Neruda,
claro, los poetas
que no pensaban como
él –por ejemplo,
Dámaso Alonso o
Gerardo Diego– eran
unos franquistas
hijos de p…: “los
Dámasos, los
Gerardos, los hijos
/ de perra,
silenciosos
cómplices del
verdugo”.
En 1945 Neruda fue
elegido senador por
Tarapacá y
Antofagasta. En el
Boletín de Sesiones
del Senado de Chile
se recogen los
discursos
parlamentarios de
Neruda. En uno de
ellos, Lenin es el
“gran genio de este
siglo”. Otro
discurso, del 5 de
junio de 1946, es un
homenaje al líder
soviético Mikhail
Ivanovich Kalinin,
fallecido dos días
antes. Para Neruda,
Kalinin fue “hombre
de vida noble”,
“gran constructor
del porvenir”,
“camarada de armas
de Lenin y Stalin”.
Afirma Neruda que
Kalinin contribuyó
al nacimiento y al
esplendor del
régimen soviético,
“el que implantaría
el comunismo en
medio del concierto
de las naciones como
potencia gloriosa y
respetada y como
esperanza encarnada,
realización
formidable de vastos
y antiguos sueños de
la humanidad”.
Según Neruda,
Kalinin personificó
un hijo del pueblo,
un gran capitán de
la causa popular, un
gran estadista, el
gran patriota de una
noble nación y un
gran bolchevique.
“Su recuerdo –concluye
Neruda– permanecerá
como un ejemplo de
acción, de
abnegación, de
pureza y de lucha
para todos los
defensores del
pueblo, en todos los
países de la tierra”.
Podríamos seguir.
Pero todo esto que
afirma Neruda cabría
preguntárselo a los
más de cuarenta
millones de muertos
por la dictadura
estalinista, a los
del Gulag, o a las
decenas de miles de
prisioneros polacos
masacrados a sangre
fría el 5 de marzo
de 1940 en el bosque
de Katyn, cerca de
Smolensk, tras la
orden expresa de
ejecución firmada
por ese héroe de
Neruda –Kalinin– y
su otro tirano
favorito –Stalin–.
Entenderán ahora la fama
de Neruda en las
universidades del
socialismo y la
progresía. Comprenderán
así que Neruda recibiera
el llamado ‘Premio
Stalin de la Paz’ en
1953. Se explicarán que
fuera también Neruda
miembro del jurado del
mismo ‘Premio Lenin’ en
1965. No les extrañará
tampoco que apoyara a
otro mito socialista,
Salvador Allende, y que
–en fin– este Neruda sea
un poeta tan querido por
la espesa y estigmática
izquierda intelectual.
En este recién estrenado
2005 toca en España
centenario del Quijote:
no les extrañe que
aparezca algún lince de
la universidad
socialista que nos
demuestre
documentalmente que
Dulcinea era comunista.
O que algún otro –iluminado
por el talante e
hipnotizado por el
diálogo– busque hacer
méritos en la
universidad y aproveche
el otro centenario –el
de Cantos de vida y
esperanza de Rubén
Darío– para disfrazar de
sandinista al gran poeta
nicaragüense. Claro que
eso ya lo hicieron los
amigos de Daniel Ortega
en la Managua de los
ochenta. Y es que si no…
la cosa no encaja. Mitos
socialistas.