Este domingo y en horario de
máxima audiencia varios
millones de norteamericanos
vieron el programa especial
"Hating
America", que fue
emitido por el canal de
noticias Fox News,
líder en EEUU. Su
presentador, John Gibson, es
también el autor de un
reciente libro sobre el odio
antiamericano como nuevo
deporte mundial (Hating
America. The New World Sport).
Su lectura complementa lo
que ya expuso J.F. Revel
sobre la obsesión
antiamericana y lo que, por
ejemplo, y para la revista
FrontPage Mazagazine
relataba con detalle estos
mismos días
Bruce Bawer tras su
visita a Europa.
El programa de Gibson
presenta el estado del
antiamericanismo en los
medios "intelectuales" y de
comunicación mundiales.
Desde el Oriente Medio a
Europa, Gibson expone con
detalle la utilización de
toda una serie de datos y
propuestas que se ubican en
la propaganda antiamericana
y cuyas raíces traspasan el
11-S o la situación actual
en el mundo. La
falsificación de los hechos
y el odio a América lo
plantea Gibson a través de
varias entrevistas que el
mismo presentador realiza
in situ a algunos de
esos "intelectuales"antiamericanos:
desde el canadiense Barrie
Zwicker al francés Thierry
Meyssan. El primero
identifica a EEUU con el IV
Reich. El segundo defiende
en su libro L´Effroyable
Imposture que el
Pentágono no fue atacado por
el avión secuestrado de
American Airlines. Sostiene,
eso sí, que el 11-S fue
provocado por el propio
Bush.
A la luz de tan prestigiosos
intelectuales y de tan bien
fundadas teorías
conspiratorias, el gran
fallo del programa es que
Gibson no supo aceptar la
evidente e innata maldad del
imperialismo asesino
norteamericano. El bien
documentado y erudito
Meyssan, gran defensor de
los derechos humanos, por
ejemplo, ha sido ya
traducido a más de treinta
idiomas, incluido el español,
llegando a ser todo un
superventas en Francia y
habiendo recibido
entrevistas por todo el
mundo. Y no digamos nada de
la movilización de Zwicker,
por ejemplo, en los círculos
de la intelectualidad
antiamericana de Toronto.
Pero el gran error de Gibson
fue especialmente no
entrevistar a Rodríguez o,
en su caso, a Moratinos. De
haberlo hecho, quizá hubiera
comprendido mejor lo de la
alianza de civilizaciones o
la necesidad de dialogar con
la resistencia iraquí, cuyos
valientes insurgentes son
rematados a bocajarro por
los marines "terroristas".
Rodríguez le hubiera podido
explicar a Gibson y a los
norteamericanos la fuerza
moral y legal de la ONU y la
honradez de su secretario
general. Habría podido
explicar lo del
envenenamiento israelí de
Arafat, la validez de las
tesis de Meyssan y, en fin,
otras cosas de hondo sentir
que los invasores de la
hamburguesa son incapaces de
comprender. Ya puestos, y
con ayuda de la
vicepresidenta, podría haber
teorizado hasta sobre nación
y nacionalidades. Una pena.
Tengo para mí que Gibson no
ha querido reconocer su
imposibilidad de entrevistar
a Rodríguez dada la apretada
agenda del leonés y su
ministro recibiendo a Chávez
en Madrid en baño de
multitudes. En todo caso, y
a falta del talento de
Rodríguez, Gibson podría
haber llamado a otros
ilustres comentaristas
políticos españoles que
tanto han iluminado las
mentes de los fascistas
patrioteros españoles con
ejemplares columnas de
opinión. Las del pasado
jueves en El País,
por ejemplo, hubieran
servido mucho a Gibson y lo
mismo una dominical en El
Periódico con firma de
charcutero.
El
silencio y el error del programa
de Gibson, en fin, sólo puede
explicarse porque tanto él como
la mayoría de los
norteamericanos deben estar
asustados ante las reacciones y
represalias que la España
socialista habrá de tomar contra
EEUU tras el encuentro con el
incuestionable líder democrático
de la República Bolivariana. Es
sintomático que Gibson ni
siquiera se haya atrevido a
cerrar el programa informando
del gran fallo estratégico del
presidente chileno Lagos al no
asistir a la Cumbre
Iberoamericana en lugar de
perder el tiempo hablando con
Bush. Lástima.