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Derechos y
deberes humanos
Publicado
en Libertad Digital: 21/05/04
La
base de la convivencia entre los
hombres y los pueblos tiene una
carta fundamental y de necesario
cumplimiento: la Declaración
Universal de Derechos Humanos
(1948). Desde entonces, ni los
repugnantes fascismos totalitarios
ni los fracasados comunismos
marxistas respetaron nunca ninguno
de los treinta artículos de dicha
Declaración. Hoy se siguen
violando en la Cuba socialista de
Castro, en la Venezuela de Chávez y,
desde luego, en todos los países del
fanatismo islámico.
A la
izquierda antiamericana, entre la
que aparece el socialismo español
heredero de los GAL, se le llena la
boca hablando de las “torturas”
norteamericanas en Irak. Hablan de
derechos humanos, pero silencian que
uno de los países que más los
respeta y defiende es justamente
Estados Unidos. Así lo prueban todos
los informes de la ONU y hasta los
de agencias tan sectarias como
Amnistía Internacional o
Human Rights Watch. La izquierda
antiamericana es la que silenció las
fosas de kurdos gaseados por Saddam
Hussein. La misma que ahora calla
ante el hallazgo en Irak de armas de
destrucción masiva en los artefactos
con gas sarín empleados por los
terroristas islámicos.
Desde
el 11-S vivimos la Tercera Guerra
Mundial. Es la guerra declarada a
los países libres y democráticos por
parte del terrorismo islámico
fanático. El 11-M fue un
recordatorio de esa guerra, para los
que puedan pensar que exageramos.
Nuestro enemigo no es Estados Unidos,
sino los terroristas. Por eso, los
soldados estadounidenses y sus
aliados internacionales están en
Afganistán, en Irak y en otras
partes del mundo combatiendo el
terrorismo. En la guerra se cometen
errores pero su objetivo, que es el
de todo ser humano libre, es
derrocar la tiranía y permitir un
proceso democrático en países
vejados por gobiernos terroristas
que masacraban a sus ciudadanos.
La
cuestión no es simple. Los derechos
humanos prohíben la tortura de
cualquier ser humano (art. 5), pero
también exigen el derecho a la vida,
a la libertad y a la seguridad de
toda persona (art. 3). Quienes
violan, por tanto, los derechos
humanos son los terroristas, no los
soldados de los países democráticos.
Los corruptos que abusaron de los
criminales iraquíes en Abu Ghraib
están ya siendo juzgados y
encarcelados en Estados Unidos. Los
asesinos que degollaron a Nicholas
Berg acampan a sus anchas. Esa es la
diferencia entre la legalidad
democrática y el terrorismo
sanguinario.
Los
detenidos en Irak no son prisioneros
de guerra sino terroristas. Por
tanto, ninguna de las cuatro
Convenciones de Ginebra puede
aplicarse a estos individuos porque
no son soldados con uniforme sino
cobardes asesinos que tomaron parte
activa y criminal en las
hostilidades. Al hacerlo no están
amparados por tales Convenciones.
Pero aun así, y como muy bien
detallaba el editorialista del
Wall Street Journal (17 de
mayo), los métodos de interrogación
norteamericanos se ajustan a la ley
internacional. Así lo indica la
Cuarta Convención de Ginebra
(1949), por la que la fuerza
ocupante está obligada a usar a su
discreción las provisiones
necesarias para mantener la
seguridad, la ley y el orden (art.
64), incluida la aplicación de la
pena de muerte a quienes amenacen la
seguridad física de sus soldados e
instalaciones militares (art. 68).
Estados Unidos no ha llegado a eso,
pero sabe que al terrorismo hay que
plantarle cara con la ley en la mano.
Cada captura de un terrorista
implica obtener de él la mayor
información posible para salvar
vidas. Resta luego encarcelarlo a
perpetuidad para extirpar el
terrorismo criminal, venga de donde
venga. Hay miles de asesinos sueltos
que no dudarían ni un minuto en
acabar con nosotros. Les importa un
bledo si usted o yo somos de
izquierdas o de derechas, altos o
bajos, si hablamos español o catalán,
inglés o francés. La cuestión es
exterminarnos. Por ahora, lo están
logrando gracias a la ayuda de
quienes retiran a sus soldados y
encima atacan a quienes nos
defienden.
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