Nos presentó –y sigue
haciéndolo– a un Antonio
Machado primordialmente
poeta "cívico" y "socialista";
el opuesto a su hermano
Manuel, dejando a éste como
el traidor, el malo y el
franquista. Algunos en
España, entre la amnesia
felipista y el talante
zapateril, todavía se lo
creen, aunque ya son muchos
los que van despertando.
Basta con leer a Antonio
Machado para darse cuenta.
Entre los alaridos de
cantautores como Paco Ibáñez
y Juan Manuel Serrat (el
mismo que no quiso
representar a España en un
festival europeo de la
canción al negarse a cantar
en español –o castellano–)
sobre las letras de los
poemas "republicanos" de
Antonio Machado, en 1982 el
socialismo llegó al poder en
España. El felipismo
antiliberal –el de la
corrupción y los GAL– acabó
coronando definitivamente a
Antonio Machado como el
poeta oficial de la
izquierda, al compás de las
notas de la Internacional,
tan anticatólica como
antiespañola.
La fecha elegida fue 1989, o
sea, la del cincuentenario
de la muerte de Antonio
Machado. El encargado de
promocionar al poeta
sevillano como socialista y
republicano fue otro (se)villano:
el entonces vicepresidente
del Gobierno, Alfonso
Guerra, a la vera de otro
socialista andaluz (aunque
nacido en Ceuta), Manuel
Chaves, el amigo de Fidel
Castro. Ahí están las hemerotecas y
los fondos bibliotecarios
para leer las sandeces que
el reconvertido a filólogo y
diletante crítico literario
Alfonso Guerra llegó a decir
sobre Antonio Machado. No
nos detendremos aquí en ello,
porque nos faltaría espacio.
Pero sí vale señalar que lo
más que el tal Alfonso
Guerra sabía de Antonio
Machado era que su nombre
coincidía con el de su
librería sevillana, que él y
su esposa fundaron un año
después de su boda, en 1969.
Aquélla fue considerada
durante décadas el templo
cultural y político del
socialismo en Sevilla. Ni
que decir tiene que estuvo
vinculada durante muchos
años a la Fundación Pablo
Iglesias –otro "genio"
socialista, gran "defensor"
de la libertad–. Lo dicho,
el nombre y poco más es lo
que Alfonso Guerra pudo
aportar a la ya extensa
bibliografía sobre Antonio
Machado.
Porque el poeta sevillano es
mucho más que el figurón de
izquierdas a que el
socialismo analfabeto le ha
querido reducir. Antonio
Machado –como todos– erró y
acertó en su vida, como
hombre, como intelectual y
como artista. Pero no debe
ni puede ser un mito en
propiedad de la izquierda, y
mucho menos del socialismo
español. Porque ni Antonio
Machado es sólo Campos de
Castilla, ni tampoco es
el poeta "cívico" postrado a
un republicanismo que llevó
España a una desastrosa
Guerra Civil.
Aquél es, para quien esto
escribe, sobre todo el poeta
de Soledades, poemas
espléndidos publicados en
1902 y luego ampliados en
1907 en el libro fundamental
que reúne al mejor Antonio
Machado: Soledades.
Galerías. Otros poemas.
En él hallamos al poeta que
supo intuir el dolor
existencial y la angustia
del ser humano, más allá de
ideologías sectarias y
partidistas. Claro que
también Antonio Machado es
Campos de Castilla, y
tantas otras grandes cosas
ubicadas en el ideario
liberal, al que el poeta
sevillano perteneció
sustancialmente, pese a
quien pese. Antonio Machado vivió como
uno de esos "poetambres" de
su época, como esos autores
modernistas que sufrieron el
horror al vacío y el
tormento de la existencia:
"… Nosotros exprimimos / la
penumbra de un sueño en
nuestro vaso… / Y algo, que
es tierra en nuestra carne,
siente / la humedad del
jardín como un halago" (poema
XXVIII). Lo mismo en esa
fatal pregunta que cierra su
poema LXXVIII: "¿Y ha de
morir contigo el mundo tuyo,
/ la vieja vida en orden
tuyo y nuevo?/ ¿Los yunques
y crisoles de tu alma /
trabajan para el polvo y
para el viento?". En esas
soledades y galerías
interiores del alma
encontramos al más alto
Antonio Machado, como en el
poeta que evoca el paraíso
de la infancia. Nada de
política carroñera y vacía,
nada de ideologías
trasnochadas.
Aquella ridícula "España de
charanga y pandereta" de la
que escribió Antonio Machado
adelanta las tribus
insolidarias que pueblan la
España socialista de hoy.
Porque el sevillano se rió
precisamente de la
utilización de la política
para fines tan sectarios
como el desprecio de la
tradición judeocristiana
española y el rechazo, desde
la actual izquierda
socialista gobernante, del
sentimiento sinceramente
católico de la inmensa
mayoría del pueblo español.
¿O es que acaso no hay una
búsqueda de Dios en la
poesía de Antonio Machado?
¿Y dónde está en su obra la
oposición al profundo y
auténtico catolicismo? No
hay tal rechazo religioso en
Antonio Machado: "Anoche
cuando dormía / soñé, ¡bendita
ilusión!, / que era Dios lo
que tenía / dentro de mi
corazón" (poema LIX).
Lo que despreció fue el
fanatismo sectario, o sea el
mismo en el que se apoya el
socialismo laico para
apropiarse y tergiversar su
poesía. Porque nunca rechazó
la devoción católica
popular. Porque él mismo –como
su hermano– cantó en sus
saetas a ese Cristo de la
Semana Santa de Sevilla.
Porque Antonio Machado fue
liberal y masón, pero
también fue católico. Y eso
invalida afirmar –como
pretenden algunos– que fuera
un poeta anticatólico. Desde
ese amor sincero por la
humanidad y desde la
búsqueda constante de Dios
que él mismo expresó
("siempre buscando a Dios
entre la niebla"; "quien
habla solo espera hablar a
Dios un día"), Antonio
Machado escribe –ya ligado a
la masonería desde Campos
de Castilla– de "la
España del cincel y de la
maza".
Por eso también elogia a
Francisco Giner de los Ríos,
diciéndole: "Y hacia otra
luz más pura / partió el
hermano de la luz del alba,
/ del sol de los talleres, /
el viejo alegre de la vida
santa". Y, por eso, un poema
después le escribe al
entonces joven meditador
José Ortega y Gasset: "A ti
laurel y yedra, / corónente,
dilecto / de Sofía,
arquitecto. / Cincel,
martillo, piedra / y masones
te sirvan". Mas, por encima
de etiquetas, su poesía
–como él mismo escribió–
quiso ser y fue "honda
palpitación del espíritu",
una búsqueda a las
respuestas ante el enigma
del universo, poesía ávida
de conocer el misterio de la
existencia, nuestra
esencialidad y nuestra
temporalidad.
uien quiera buscar a un
Antonio Machado líricamente
comprometido con la causa de
la defensa de la justicia
social lo hallará en varios
poemas: en partes de 'La
Tierra de Alvargonzález',
en 'Hacia tierra baja'
y, aun con humor, en el 'Llanto
de las virtudes y coplas por
la muerte de Don Guido'
o 'En la fiesta de
Grandmontagne', por
citar sólo algunos de los
más líricos. Pero no hay ahí
nada de política sectaria,
sino una obra artística,
humanamente construida a
favor de los derechos
individuales. Lo
sectariamente social y
político, el paso de
posiciones liberales a otras
más comprometidas –con
poemas de urgencia y
circunstancias– llegará ya
muy al final de su vida,
cercano ya a su muerte,
enfermo y en plena Guerra
Civil.
Los dramáticos
acontecimientos de aquella
hora no son, por tanto –y
como quisiera el socialismo
español–, los que definen
únicamente a Antonio
Machado. Esto último
constituye líricamente lo
más flojo de su poesía,
aunque a Alfonso Guerra y al
socialismo republicano sea
lo que más les guste, para
seguir fomentando mitos que
forjen el rencor en torno a
un pasado tergiversado y
reinventado. En medio de ese
odio y de esta España actual
de verdadera charanga y
pandereta sobreviven estos
mitos socialistas.
Lo que no les contarán nunca
es que Antonio Machado no
dejó nunca de ser liberal,
ni siquiera en esos años
finales. Así, el 1 de mayo
de 1937 pronunció un
importante 'Discurso a
las Juventudes Socialistas
Unificadas' donde
rechazaba el determinismo
económico marxista y
socialista en estos términos:
"Yo no soy marxista, no lo
he sido nunca". Antonio Machado, en
definitiva, creyó en el
liberalismo, en la justicia,
en la igualdad de
oportunidades y, sobre todo,
en la libertad. Por eso
choca tanto que sea
justamente la izquierda
española –siempre tan
antiliberal– la que siga
apropiándose de este
magnífico poeta.
Tras la explotación
ideológica de 1989, el
socialismo se olvidó de
Antonio Machado. Tres años
antes, en 1986, habían hecho
lo mismo con Federico García
Lorca, politizando su muerte
hasta cotas impensables. Y
ya en 1992 repitieron la
faena con otro de sus poetas
"mártires": Miguel Hernández.
Tal fue el trío de
cincuentenarios míticos de la
necrofilia socialista. Tal el
cuadro de los mitos de la
izquierda española. Tal la
historia, que al final acaba
poniendo a todos en su lugar. En
ella vemos hoy con mayor
claridad. Porque la poesía
española no se merece esto. Y lo
que queda de España y de su
cultura tampoco.