Ningún dicho popular español
define mejor la práctica
habitual de la izquierda
política internacional que
el que titula esta columna.
En esa izquierda incluimos
también a la norteamericana,
cada vez más reconocible e
incompetente. Su última
hazaña –apoyada y consentida
por los actuales cabecillas
del Partido Demócrata– es
reinventar la historia,
borrar el pasado y hasta
negar las declaraciones de
sus propios dirigentes. La
práctica, conocida en la
España socialista,
trasciende fronteras y
alcanza ya a varios
políticos demócratas, para
quienes todo vale con tal de
expulsar del gobierno a la
derecha y, sobre todo, a
George Bush.
Ante la falta de ideas y
proyectos reales del Partido
Demócrata y tras su
decepción por no lograr
encausar judicialmente a la
Casa Blanca en pleno, la
izquierda norteamericana
vuelve a la carga con la
Guerra de Irak. En su afán
por tergiversar los hechos,
reinventar la historia y
reescribirla, los demócratas
alegan otra vez que Bush
mintió y que manipuló los
servicios de inteligencia
para “invadir” Irak. Al
margen de que ellos mismos
votaron a favor de ir a esa
guerra, basta revisar lo que
esos senadores y
congresistas demócratas
afirmaron sobre la
incuestionable existencia de
armas de destrucción masiva.
Sus palabras delatan la
farsa de esas voces que
tanto se afanan ahora en
culpar a la derecha y al
Presidente.
Cuando Bush ni siquiera era
candidato a la presidencia,
los demócratas ya hablaban
de las “armas de destrucción
masiva”. Bill Clinton (17 de
febrero de 1998): “Queremos
disminuir seriamente la
amenaza que supone el
programa de armas de
destrucción masiva de Irak”.
Del 9 de octubre de 1999 es
la carta al Presidente
Clinton firmada por catorce
senadores demócratas (Levin,
Lieberman, Lautenberg, Dodd,
Kerrey, Feinstein, Mikulslki,
Daschle, Breaux, Johnson,
Inouye, Landrieu, Ford y
Kerry) exigiéndole que
tomara todas las acciones
bélicas necesarias contra
Sadam Husein “para responder
efectivamente a la amenaza
que supone la negativa de
Irak a terminar sus
programas de armas de
destrucción masiva”.
Con Bush ya en la
presidencia, los demócratas
siguieron afirmando de forma
concluyente la existencia de
armas de destrucción masiva.
Así, Al Gore (23 de
septiembre de 2002):
“Sabemos que Sadam ha
almacenado materiales
nucleares, materiales
secretos de armas biológicas
y químicas en su país”. Ted
Kennedy (27 de septiembre de
2002): “Hemos sabido durante
muchos años que Sadam Husein
está buscando y
desarrollando armas de
destrucción masiva”. John F.
Kerry (9 de octubre de
2002): “Votaré para darle al
Presidente de los EEUU la
autoridad de usar la fuerza
para desarmar a Sadam Husein
porque creo que un arsenal
de armas de destrucción
masiva en sus manos es una
amenaza real y grave para
nuestra seguridad”. Russell
Feingold (9 de octubre de
2002): “Irak presenta una
amenaza genuina,
especialmente en forma de
armas de destrucción masiva”.
Jay Rockefeller (10 de
octubre de 2002): “Hay
evidencia infalible de que
Sadam Husein está trabajando
agresivamente para
desarrollar armas nucleares
y que las tendrá en cinco
años. Siempre hemos pasado
por alto el avance de Sadam
para construir armas de
destrucción masiva”.
Todas estas opiniones y el
voto en el Capitolio a favor
de la seguridad nacional y
la aprobación de enviar el
ejército de EEUU a Irak se
realizaron unánimemente y
conociendo los mismos datos
de inteligencia que tuvo el
Presidente. A su vez, esos
mismos políticos demócratas
–igual que la derecha
republicana– supieron que
todas las agencias de
inteligencia mundiales
concordaban en considerar a
Sadam Husein un peligro.
Tanto y tan claro que hasta
la ONU aprobó más de una
docena de resoluciones
mencionando la posesión y
desarrollo en Irak de armas
de destrucción masiva. John
F. Kerry así lo volvió a
reconocer durante su campaña
presidencial e incluso
afirmó ante su electorado
(31 de enero de 2003): “Si
no creen que Sadam Husein es
una amenaza con armas
nucleares, entonces no voten
por mí”.
Pese a todo esto, en apenas
unos años y ante la nulidad
de esos demócratas para
derrotar a Bush, aquellas
declaraciones y aquel voto
ahora no interesan ya.
Quieren borrar todas y cada
una de sus palabras,
grabadas y publicadas, su
voto unánime a favor de la
acción bélica y su reiterada
convicción de la existencia
de aquellas armas. Se
entiende así el pelaje y la
credibilidad de estos
políticos opuestos a la
derecha y a Bush. Podríamos
añadir aquí decenas de
opiniones similares de otros
demócratas: Joe Biden, Chuck
Schumer, Madeleine Albright,
Nancy Pelosi, Sandy Berger,
Hillary Clinton, Robert
Byrd, Dick Durbin, Bill
Richardson, John Edwards…,
precisamente los mismos que
hoy siguen tergiversando la
realidad y culpando a Bush
por la Guerra de Irak, es
decir la misma que ellos
pidieron y votaron.
Estas actitudes definen, en
fin, la volatilidad y la
falta de ideas en la
izquierda estadounidense que
vive de la negación y en el
permanente acoso contra la
derecha y contra Bush. Son
los mismos políticos que se
presentan a la luz pública
como los salvadores de la
justicia, la paz, el diálogo
y la fraternidad. Los mismos
que no explican (porque no
les interesa) que ya hubo
una Comisión bipartita de
Investigación del 11-S en el
Senado que no halló jamás
una sola evidencia de
presiones políticas para
alterar los juicios de los
expertos de inteligencia en
relación con los programas
de armas de Irak. Otra cosa
es que esas armas no hayan
aparecido todavía.
Frente a tanta tergiversación,
el Día de los Veteranos de
Guerra, Bush lanzó un valiente
discurso para detallar la
situación mundial en la guerra
contra el terrorismo. Reconoció
que aunque resulta legítimo
criticar sus decisiones o el
modo en el que va transcurriendo
la guerra, es profundamente
irresponsable reescribir la
historia. Sus palabras se
dirigían a esos “demócratas”,
cuyas propias declaraciones los
delatan y que –olvidando el
ilustre y honesto pasado de su
propio partido- están jugando en
tiempos de guerra con la
seguridad mundial.