|
 
Las fisuras de la
democracia
Publicado
en Libertad Digital: 16/05/04
Uno de los
mayores logros de la democracia liberal
ha sido y es la creencia en tres pilares
básicos: la libertad individual de todo
ser humano, la igualdad de derechos para
todos y la fraternidad entre los hombres
del mundo. John Stuart Mill ya nos
explicó hace siglo y medio que una de
las funciones indiscutidas de todo
gobierno radica en hacer respetar esa
libertad y en tomar precauciones contra
el crimen. También nos recordó que “él
único fin por el cual es justificable
que la humanidad, individual o
colectivamente, se entremeta en la
libertad de acción de uno o cualquiera
de sus miembros, es la propia protección”.
Una de las grandes fisuras de la
democracia es no desarrollar hasta el
máximo necesario todos los mecanismos
legales para acabar con quienes atentan
contra la misma democracia. Su
pervivencia como forma de gobierno
radica en saber cómo detener a los
grupos asesinos y terroristas que
detestan los valores democráticos pero
que se benefician de ellos para generar
horror y muerte entre la ciudadanía.
En su
reciente libro An End to Evil,
Richard Perle y David Frum sugieren que
en la guerra contra el terrorismo los
Estados Unidos no deberían reconocer a
los asesinos los mismos derechos que a
cualquier otro ciudadano. Alan
Dershowitz, prestigioso abogado y
catedrático de Derecho en la Universidad
de Harvard, defiende el uso de la
tortura contra los terroristas en
circunstancias claramente estipuladas
por la ley. En su último ensayo The
Lesser Evil: Political Ethics in an Age
of Terror, Michael Ignatieff
también es partidario de la adopción
temporal de medidas excepcionales y
justificadas para luchar contra el
terrorismo. El debate sobre cómo deben
las democracias combatir el terror ha
calado en la opinión pública mundial y
es posible ya ver en las cadenas de
televisión norteamericanas las
diferentes posturas sostenidas, por
ejemplo, entre un antiguo agente de la
CIA y un miembro de la
organización Human Rights Watch.
Este
debate no resulta nuevo en países como
España, Colombia o Israel. En los
ochenta, España vivió el estrepitoso
fracaso del socialismo en su particular
guerra ilegal y antidemocrática contra
el terrorismo. A finales de los noventa,
y sólo cuando el gobierno de la derecha
española pudo poner a funcionar los
mecanismos legales para combatir el
terrorismo, los asesinos se vieron
contra las cuerdas. Las masacres
terroristas perpetradas entre Nueva York
y Madrid demuestran que estamos ante una
nueva dimensión del terrorismo global.
De ahí que sea tan importante no dejar
ninguna fisura abierta en nuestras
democracias, emplear todas las vías del
estado de derecho y seguir manteniendo
inalterables los pilares básicos que han
hecho viable la democracia liberal en
los últimos dos siglos.
Será un
error no reconocer las fisuras de la
democracia y negar la necesidad de
ampliar y desarrollar un sistema legal
que, sobre la base de la fundamental
Declaración Universal de los Derechos
Humanos, utilice todos los medios
para acabar con los asesinos y quienes
los protegen. El mismo Stuart Mill nos
advirtió que de los actos perjudiciales
para la libertad de los demás es
responsable el individuo. Los
terroristas y quienes los apoyan tienen,
como individuos, nombres y apellidos.
Hay que perseguirlos y encarcelarlos.
Quienes se niegan a participar en esa
labor amparan a los criminales y atentan
contra la democracia. Quienes pactan con
los terroristas o con grupos que los
apoyan cercenan nuestra libertad.
Quienes retiran los soldados en esta
guerra global son cómplices de que los
asesinos sigan incrustados en las
fisuras de nuestra democracia.
|
|