Contra lo que les han venido
contando, los resultados
electorales del 7-N significan
el triunfo del ideario
conservador en Estados Unidos.
El varapalo enviado por el
pueblo norteamericano a los
republicanos no supone en modo
alguno un mensaje a favor de la
progresía secular, sino más bien
una llamada de atención al
Partido Republicano para que
vuelva a sus principios
fundamentales: gobierno limitado,
rebaja del gasto público y de
los impuestos, libres mercados,
defensa nacional y respeto a los
valores tradicionales de
Occidente.
El
voto ciudadano –por acción u
omisión– significó echar a
patadas a varios republicanos
acomplejados y recayó, de este
modo, en varios demócratas cuyas
campañas y filosofía política se
ubican más cerca del ideario
conservador que del de la
progresía radical cacareada por
los líderes del Partido
Demócrata y que ahora se
presenta como vencedora con el
aplauso internacional del
socialismo, del comunismo y ya
hasta del yihadismo terrorista.
No cabe llevarse a engaño.
Una mirada verdaderamente
cuidadosa y detenida del nuevo
Congreso elegido confirma que el
electorado norteamericano ha
movido a ambos partidos –al
Republicano y al Demócrata–
hacia la derecha conservadora.
Como ya adelantó con gran
lucidez
Thomas Sowell, el sabio
truco estratégico de los
demócratas para ganar estas
elecciones consistió en colocar
a muchos de sus candidatos como
demócratas siendo, de hecho,
políticos más cercanos al
ideario conservador que a la
progresía secular y, por tanto,
poco o nada de acuerdo con la
radicalización hacia la
izquierda de su propio partido a
manos de Nancy Pelosi, Harry
Reid o Howard Dean. Se trataba
de ganar como fuera.
Por ejemplo, el demócrata Heath
Shuler en el distrito 11 de
Carolina del Norte es un
político opuesto al aborto, está
a favor de las armas y
fiscalmente se opone a la subida
de impuestos. Lo mismo puede
decirse de Ted Strickland, el
primer gobernador demócrata
elegido en Ohio en los últimos
veinte años, precisamente porque
su perfil no es el de un
progresista, sino el de un
hombre de talante más
conservador.
Lo
mismo ocurre en los
apretadísimos triunfos de varios
senadores demócratas claves para
el desenlace final. En Missouri,
Claire McCaskill se presentó
como demócrata pero oponiéndose,
como muchos conservadores, a la
nueva reforma de la Ley de
Inmigración. En Virginia, Jim
Webb iba de demócrata pero es un
antiguo republicano, secretario
de la marina en la presidencia
de Ronald Reagan. En
Pennsylvania, Bob Casey es el
nuevo senador demócrata, pero es
un político opuesto totalmente
al aborto o al control de las
armas y vota como un auténtico
conservador en asuntos sociales,
aparte de haberse graduado de
una de las universidades
católicas más prestigiosas de
Estados Unidos.
El
senador Joe Lieberman, por
Connecticut, ganó como
independiente, tras haber sido
denostado por la cúpula radical
de su propio Partido Demócrata.
Acabó derrotando al candidato de
la progresía demócrata, el anti-guerra
Ned Lamont. El rechazo a éste
resulta paradigmático de la
tendencia que venimos comentando.
En Montana, los 1.424 votos de
diferencia entre uno y otro
candidato habrían cambiado
totalmente el panorama en el
Senado a favor de los
republicanos. Pero en cualquier
caso, los perdedores en el bando
republicano han sido
mayoritariamente republicanos "moderados",
centristas y apaciguadores de
diferente calaña: o sea los
acomplejados de la derecha
atontada.
Más ejemplos: Georgia venía
siendo un bastión demócrata
durante muchas generaciones,
pero el 7-N vio el triunfo de un
gobernador y de varios
legisladores conservadores que
se presentaban por el Partido
Republicano. En Michigan, un
estado "progresista", su
electorado abolió los programas
de affirmative action,
la mal llamada "discriminación
positiva", como si discriminar a
alguien pudiera ser alguna vez
positivo. En siete de los ocho
estados en los que había un
referendo sobre el matrimonio,
los norteamericanos también
votaron unánimemente –en clave
claramente conservadora– contra
la aprobación del matrimonio
homosexual.
Los 435 miembros elegidos para
la Cámara de Representantes y
los 33 nombres de senadores
elegidos, en suma, configuran el
nuevo mapa político del poder
legislativo norteamericano y
perfilan lo que será, entre
enero de 2007 y 2009 el nuevo
110 Congreso de Representantes
de Estados Unidos. Muchos de los
nuevos nombres entrantes
resultan ser políticos que
tienen posiciones más
conservadoras que los salientes
y cuya base social espera eso
mismo de ellos. El triunfo
numérico de los demócratas en
estas elecciones no equivale a
un triunfo ideológico, aparte
del hecho de que la derrota
viene como consecuencia de los
errores de los propios
republicanos, como bien apuntaba
Libertad Digital
en un brillante
editorial. El 7-N, por
tanto, no marca ningún giro
ideológico hacia la izquierda,
sino una positiva llamada a la
derecha conservadora
norteamericana para empezar a
perfilar el futuro y buscar a
quien será su candidato
presidencial en 2008.
Lo
que hemos presenciado en estas
elecciones en Estados Unidos
puede servir de excelente
ejemplo a la derecha española.
El batacazo de algunos
congresistas y senadores
republicanos acomplejados al
olvidarse del auténtico ideario
conservador por el que fueron
elegidos puede ser un aviso a
navegantes; antesala del mismo
batacazo que se llevará el
Partido Popular (como en
Cataluña) a menos que empiece a
seguir al pie de la letra el
ideario conservador y los
valores que le reclama su gran
base social.