La gran noticia política en
Estados Unidos no es la
cumbre de la ONU, ni
siquiera los efectos del
huracán, sino la apertura de
la Comisión Judicial del
Senado para la confirmación
de John Roberts como nuevo
Juez Jefe del Tribunal
Supremo. Esto es así porque
una de las mayores lacras de
todo sistema democrático es
la politización del poder
judicial. Ningún movimiento
ha sido más lesivo para
desmontar las bases del buen
gobierno democrático que el
del activismo judicial: o
sea, la actividad sectaria
de un juez o jueces para
dictar sentencias sobre la
base de sus preferencias
personales o ideológicas en
lugar del honesto
seguimiento de la Ley y de
la Constitución.
Esta práctica ha sido la
contraseña de una turba de
jueces que –animados y
controlados por agendas
políticas contrarias al
ideario liberal-conservador-
han impuesto en diferentes
países sus ideologías
particulares ahogando el
Estado de Derecho. Tan
nefasto activismo judicial
deriva en caos, injusticia y
paulatino deterioro de las
libertades. No hace falta
salir de España para
comprobar cuanto decimos al
hilo de nefarias componendas
políticas y de instrucciones
tan maltrechas como
perjudiciales para la nación
y sus ciudadanos. No hay
democracia que no haya
sufrido esta plaga, fruto de
la politización de la
justicia.
Estados Unidos no es una
excepción. Padece también la
miseria de esa oligarquía
judicial activista que
tergiversa la base de la
democracia representativa y
que se convierte en una
amenaza para las libertades
públicas e individuales. Es
visible el poder y la
autoridad que sobre la
sociedad ha adquirido un
amplio sector de ese
activismo injertado en el
poder judicial y que intenta
subvertir la Constitución.
Es así que el gran temor de
la izquierda norteamericana
–infiltrada en el Partido
Demócrata- es que se ponga
solución a todo esto bajo el
impulso de la administración
Bush y la llegada del juez
John Roberts al Tribunal
Supremo.
La jubilación de Sandra Day
O´Connor y el reciente
fallecimiento del Juez Jefe
William Rehnquist –recordado
aquí
con acierto por José
Carlos Rodríguez–, permiten
ahora a Bush proponer dos
nuevos candidatos vitalicios
que acaben con el dañino
activismo judicial. Dichas
nominaciones, basadas en
jueces que respeten el fondo
y la forma de la
Constitución norteamericana,
asegurarán el fin de una
mayoría de jueces del
Supremo inclinados a
dictaminar bajo agendas
políticas sobre aspectos
fundamentales. Nos referimos
al derecho a la vida, la
eutanasia, la práctica del
aborto, la investigación con
células madre, el llamado
“matrimonio homosexual”, los
límites de la acción del
Estado en la persecución del
terrorismo, la propiedad
privada o la raíz
judeo-cristiana innata en
los documentos de los Padres
Fundadores de la Unión,
entre otras cuestiones.
En las audiencias para la
confirmación de Roberts no
están faltando momentos de
crispación y permanentes
ataques contra este Juez
Jefe nominado por Bush. En
los primeros días del
proceso ya son notables los
exabruptos de varios
senadores demócratas para
desacreditar a Roberts –desde
Ted Kennedy a Joe Biden–, a
pesar de su claridad
expositiva, su defensa de la
Constitución y su negativa a
dar una interpretación
personal o
ideológico-política de la
Ley. Es ahí donde disienten
la derecha republicana y la
izquierda demócrata: los
unos quieren jueces que
sigan con claridad la
Constitución; los otros
prefieren el relativismo de
reinterpretar y leer entre
líneas dicho articulado
constitucional para alcanzar
sus fines políticos.
Roberts destacó la humildad
que debe caracterizar a los
jueces como servidores de la
Ley. Con acertada metáfora
deportiva, el nominado por
Bush aclaró que los jueces
son una especie de árbitros:
no hacen las reglas sino que
las aplican y su papel es
decisivo al velar para que
se siga el dictado de la
Constitución. Por eso, la
labor del juez –como la del
árbitro– tiene
necesariamente que ser un
papel limitado, nunca
protagonista, porque nadie
va a un partido a ver al
árbitro. En España
–añadamos– nos hemos
acostumbrado lamentablemente
a ver malos árbitros y
peores jueces. Las
consecuencias, ya las
conocemos en la paulatina
desintegración de la nación
española.
Pero en Estados Unidos, contra
lo que desearía la izquierda y
el Partido Demócrata, Roberts no
tiene detrás ninguna plataforma
o agenda política, sino tan sólo
un compromiso de hacer cumplir
la Constitución. La más que
probable confirmación de Roberts
para dirigir el Supremo
significa un paso importante
para devolver a esta rama
judicial la base de su función:
interpretar la Ley y la
Constitución, al margen de
activismos políticos
particulares. La segunda
legislatura de Bush vivirá la
inclusión de Roberts en el
Supremo y la llegada de otro
juez también nominado legalmente
por Bush –quizá Priscilla Owen–.
Si el Senado respalda al
presidente, como todo parece
indicar, estaremos presenciando
el inicio del fin del activismo
judicial y la revitalización de
la primera democracia mundial
–que como todas las otras que la
han seguido, incluida la
española– necesita de mejores
jueces y de menos sectarismo
político.