Darío fue, no hace falta
insisitr, un liberal
convencido. Con sus errores
y aciertos, creyó en la
libertad y huyó siempre del
totalitarismo y de la falsa
democracia. Pero, en el
intento de apropiarse de él
y vender sus despojos más
convenientes con los
sectarios principios de la
crítica marxista, a este
excelente poeta había que
disfrazarlo también de
anticapitalista y, sobre
todo, de antianorteamericano.
Así, se imprimieron y
comentaron hasta la saciedad
ciertos textos referidos a
EEUU donde el nicaragüense
expresaba su temor y sus
dudas respecto a
determinadas actitudes
geopolíticas del gigante del
Norte hacia el mundo
hispánico. Son innegables
las quejas y temores de
Darío frente a lo que, al
filo de 1898, fue la Guerra
de Cuba y el papel de
Estados Unidos. Darío se
puso claramente de parte de
España, y así lo corroboran
poemas posteriores como la
oda 'A Roosevelt', o
crónicas como 'El triunfo de
Calibán'. Son escritos que
tienen su lógica en el
contexto bélico y al hilo de
la Enmienda Platt, pero que
no son exclusivos del
pensamiento de Darío,
siempre tan múltiple y tan
variado.
Contrariamente a lo que la
crítica ha venido machacando
en repetidas ocasiones,
Darío no estuvo siempre en
contra de EEUU; lo elogió
cuando correspondía, igual
que el cubano José Martí –otro
mito manipulado por la
crítica literaria marxista–.
Su poema 'A Roosevelt' –dirigido
al presidente norteamericano
Theodore Roosevelt– ha sido
manoseado por la propaganda
marxista para ofrecer un
Darío exclusivamente
antinorteamericano.
Pero lo que la crítica
marxista nunca cuenta es
cómo, al final de su vida,
el mismo Darío suprimió
dicho poema de la
recopilación que él mismo
organizó de sus libros, y
que publicó en Madrid. En
ese poema Darío elogió la
herencia colonial española
en Hispanoamérica a través
del símbolo del león español
y los cachorros
hispanoamericanos. Ahí
hallamos otro aspecto que no
encaja en el galimatías de
la ideología marxista
latinoamericana, ni entre
los teóricos del
postcolonialismo y el
indigenismo, tan reacios
siempre a ver algo positivo
proveniente de España.
Esa crítica sectaria no
cuenta tampoco –porque no le
interesa– que, en el prólogo
de El canto errante
(1907), Darío alabó a ese
mismo presidente Roosevelt,
por su respeto al arte y la
poesía: "El mayor elogio
hecho recientemente a la
Poesía y a los poetas –asegura–
ha sido expresado en lengua
'anglosajona' por un hombre
insospechable de
extraordinarias
complacencias con las nueve
Musas. Un yanqui. Se trata
de Teodoro Roosevelt. Por
esto comprenderéis que el
terrible cazador es un varón
sensato".
Junto a ese elogio al
presidente norteamericano,
aparece la alabanza a EEUU y
a sus gentes en el poema 'Salutación
al Águila', donde saluda al
águila estadounidense y le
da la bienvenida en nombre
de la América hispana: "Bien
vengas, mágica Águila de
alas enormes y fuertes, / a
extender sobre el Sur tu
gran sombra continental, / a
traer en tus garras,
anilladas de rojos
brillantes, / una palma de
gloria, del color de la
inmensa esperanza, / y en tu
pico la oliva de una vasta y
fecunda paz".
Darío poetiza en esa 'Salutación
al Águila' la unión de las
dos Américas, la hispánica y
la anglosajona, e incluye
versos de sincera voluntad
de hermandad cultural, como
cuando pide a EEUU: "Tráenos
los secretos de las labores
del Norte, / y que los hijos
nuestros dejen de ser los
rétores latinos, / y
aprendan de los yanquis la
constancia, el vigor, el
carácter". Por estos
versos, a Darío lo
insultaron ya en vida.
Mucho antes, en una crónica
escrita desde París en
agosto de 1900 y titulada
'Los anglosajones', Darío
afirmó sin reparos: "No; no
están desposeídos esos
hombres fuertes del Norte
del don artístico. Tienen
también el pensamiento y el
ensueño. Los
hispanoamericanos todavía no
podemos enseñar al mundo en
nuestro cielo mental
constelaciones en que
brillen los Poe, Whitman y
Emerson. Allá donde la
mayoría se dedica al culto
del dólar, se desarrolla,
ante el imperio plutocrático,
una minoría intelectual de
innegable excelencia. No es
fácil amarles, pero es
imposible no admirarles".
Lo mismo pasa con el
temprano poema 'A Colón',
una composición desengañada
ante el fracaso de las
nuevas repúblicas
hispanoamericanas. Darío se
lamenta del fallido proyecto
continental panhispánico,
por la ineficacia
organizadora de los propios
hispanoamericanos. Rechaza,
así, el exceso de palabrería
política y plantea el error
de los caudillos populistas
hispanoamericanos, de
espaldas siempre a las
necesidades de sus pueblos y
al respeto de las
instituciones.
Ahí está la razón por la que
Darío apostó por una
auténtica construcción
panhispánica al calor de la
grata figura fundacional del
descubridor Colón, el mismo
que ahora es descalificado
por la crítica postcolonial
de raíz marxista, tan ligada
al antiamericanismo y tan
inmersa en el discurso de la
victimización. Por eso
interesa tanto manipular
estos textos darianos y
acabar leyendo este poema
como un ataque a la figura
de Colón, cuando en realidad
es una crítica a la
ineficacia en el acuerdo
hispanoamericano: "Hoy
se enciende entre hermanos
perpetua guerra, / se hieren
y destrozan las mismas razas".
Pero lo que más enoja a esos
diletantes del sectarismo
crítico es el hecho
irrefutable de que Darío
admiró la libertad y la
constancia emprendedora de
Estados Unidos. Pese a las
dudas y temores ante la
expansión estadounidense,
Darío elogió a los grandes
poetas norteamericanos, a
sus hombres de ciencia y, en
general, a una cultura
apoyada en el ideario
liberal, donde el trabajo y
la independencia intelectual
constituían el éxito de una
sociedad en progreso. Lo
mismo había observado el
cubano José Martí y, luego,
Leopoldo Lugones desde
Buenos Aires, justo el
centro del liberalismo donde
Darío vivió varios años.
En su anhelo de libertad,
Darío detestó la época que
le tocó vivir. Pero en EEUU
pudo ver esa libertad de
primera mano. En Nueva York
conoció a José Martí, y allí
volvió acogido por Archer
Huntington y, de paso, por
la Universidad de Columbia.
Resulta obvio que en Darío –pese
a lo que oculta la crítica
literaria marxista– hubo una
admiración por los Estados
Unidos, aspecto que molesta
al sectarismo activista de
la izquierda, tan incrustada
en la intelectualidad
universitaria.
Darío se juzgó siempre un hijo
de América y un nieto de España.
Amó todos y cada uno de los
países de Hispanoamérica, pero
no atacó a España ni se cegó
contra EEUU. En sus años por
Barcelona vio con mucha
preocupación el movimiento
secesionista catalán, se
disgustó ante la violencia del
anarquismo y del incipiente
socialismo. Y todo eso mientras
rechazaba cualquier espíritu
intransigente y reaccionario.
Quizá por eso, en este año de
Cantos de vida y esperanza,
a muchos no les convenga
recordar a Darío y otros tantos
prefieran olvidarse de él. Y eso
que ese gran libro se publicó en
Madrid hace ahora justo cien
años.