La obra de Lodares ha
tenido un papel
fundamental en la
exposición de un
diagnóstico ajustado de
la situación y estado de
la lengua española en el
mundo. Su muerte, que ya
mereció una
bitácora en
Libertad Digital,
coincidió casi en el
tiempo con la
publicación de El
porvenir del español,
el último de una serie
de ensayos que analizan
las políticas
lingüísticas y
sociológicas en torno a
nuestro idioma.
"El español es la
porción europea de un
idioma, sobre todo,
americano. Esto conviene
tenerlo en cuenta y no
dejarse llevar por la
falsa idea de que el
español es, sobre todo,
un asunto de España".
Vale la pena recordar
esta frase, porque
Lodares expone en El
porvenir del español
las raíces de la
difusión internacional
de la lengua española
desde el siglo XIX hasta
nuestros días. Lodares
repasa las tendencias
sociales, económicas,
políticas y culturales
que pueden tener
influencia en el futuro
del español en distintas
partes del mundo;
asimismo, aventura cómo
será la evolución del
español al tiempo que
formula estrategias y
propuestas para que éste
alcance un mejor futuro.
Lodares realiza una
valiente desmitificación
de los mitos
lingüísticos creados
artificialmente por
parte de los
independentismos
políticos (que en España
son fuerzas ideológicas
guiadas por los
nacionalismos
excluyentes, sobre todo
de las izquierdas). Uno
de esos mitos radica en
el uso y manipulación de
la mal llamada "normalización"
lingüística. A nuestro
autor le atacaron,
precisamente, por ser un
filólogo liberal ubicado
en la mejor tradición
del "internacionalismo
lingüístico", en la "ideología
de las lenguas grandes"
propugnada por John
Stuart Mill, Friedrich
Engels, Karl Kautsky,
Antoine Meillet, Miguel
de Unamuno, Ramón
Menéndez Pidal,
Francisco Rodríguez
Adrados y Gregorio
Salvador, entre otros.
En El porvenir del
español se denuncian
las sectarias ideas de
quienes pretenden poner
en jaque mate al español
como lengua y a España
como nación, así como su
cultura. Lodares nunca
estuvo de acuerdo con el
proyecto de la España
plurilingüe, y por sus
posiciones recibió, como
decíamos, ataques
constantes. Se le
reprocharon cosas que
nunca pensó ni afirmó.
Lodares critica el
monolingüismo
separatista y la
progresiva extirpación
de la lengua común, así
como la imagen que pinta
a ésta como invasora,
fascista y dictatorial.
Lodares procedió en sus
trabajos a desmontar
mitos como el que
sostiene que el español
se habla en España
porque un poder
centralizador lo impuso
por la fuerza de las
armas, o el que afirma
que su expansión es obra
del imperialismo español,
de fuerza devastadora y
asesina. En El
porvenir del español
recuerda de nuevo que
hacia 1830, año central
para la emancipación de
las repúblicas
hispanoamericanas, menos
de un tercio de la
población de los
virreinatos hablaba la
lengua de Cervantes.
¿Por qué, entonces,
sobrevivió el español en
América? Precisamente,
argumenta Lodares,
porque los libertadores
y padres fundadores, los
grandes lingüistas e
intelectuales
hispanoamericanos del
siglo XIX –como Andrés
Bello– vieron el valor
unificador y
homogeneizador de la
lengua española.
Supieron intuir que era
el único idioma que
podía satisfacer las
ilusiones de igualdad,
democracia, educación
popular y respeto
internacional. Además,
como bien detalla
Lodares, la imposición
en materia lingüística
fue siempre mucho menor
que en los imperios
británico y francés.
Una de las partes más
interesantes del libro
es el décimo capítulo,
que tiene por objeto
estudiar lo que puede
esperarse del español en
EEUU. Dice Lodares, con
razón, que ya tiene allí
un destacado papel
económico y político,
pero que todavía no ha
alcanzado prestigio ni
reconocimiento social; y
que no es ni puede ser
una amenaza para la
unidad lingüística que
garantiza el inglés.
Acierta al recomendar el
necesario reforzamiento
de su papel como segunda
lengua usada en EEUU, y
al destacar la necesidad
de imprimir un sello de
calidad en su uso entre
la elite cultural y
política norteamericana.
En cuanto a los hispanos
instalados en EEUU,
Lodares afirma que no
pueden ser tratados como
un todo, dadas las
profundas diferencias,
por ejemplo, entre los
distintos grupos y
comunidades. Acierta
también al afirmar que
entre los hispanos no
hay todavía un
sentimiento de comunidad,
y que no tienen al
español como signo de
unidad. En este sentido,
explica con conocimiento
de causa cómo el orgullo
por el idioma propio
–tan visible entre los
cubanos de Miami, por
ejemplo– no lo sienten
por igual todos los
hispanohablantes de
EEUU.
Además, la lengua
española se usa de
diferentes modos y por
distintas necesidades.
Es normal –anota Lodares–
que los inmigrantes
mexicanos en situaciones
precarias la asocien a
la pobreza que padecen y
deseen, en consecuencia,
que sus hijos se pasen
cuanto antes al inglés.
En algunos casos, cabe
añadir, hay situaciones
en que los propios
padres se niegan a
enseñarles español.
Llegamos así al punto
fundamental en que
incide, sobre este
particular, Lodares: la
importancia de mejorar
la imagen del español
entre los anglohablantes;
la necesaria
presentación del español
como lengua de cultura,
de generación de riqueza,
y no como idioma
exclusivo de clases
pobres y hasta ilegales.
En este sentido, podemos
añadir el importante
papel que en ello pueden
desempeñar los medios de
comunicación, las
escuelas y las
universidades.
Nuestro autor sostiene
que si el español quiere
competir en el mercado
internacional de la
enseñanza de segundas
lenguas tiene que vender
una buena imagen. Así se
logran abrir nuevos
mercados, expandirse por
otros ámbitos y
afianzarse en ellos
tanto cultural como como
políticamente. Es en
este punto, y a fin de
contrastar las valientes
tesis de un lingüista
liberal como Lodares,
donde valdrá la pena
acercarse a la idea que
sobre el español en
Estados Unidos plantean
otros lingüistas, no
precisamente liberales,
como el
mexicano-americano Ilán
Stavans, con sus ideas
acerca del "spanglish".
Pero de eso trataremos
en otra columna.
Juan
Ramón Lodares, El
porvenir del español,
Madrid, Taurus, 2005, 252
páginas.