Señala
Ramos que los hispanos están
transformando la política en Estados
Unidos. Podría ser así, aunque no
del modo que su autor quisiera, o
sea votando unánimemente por las
izquierdas alojadas en el seno del
Partido Demócrata. El voto hispano
en las dos últimas elecciones
presidenciales ayudó a que George W.
Bush fuera elegido presidente: en
2000, con el voto cubanoamericano en
Florida; en 2004, con el
mexicanoamericano en Colorado,
Nevada, Arizona y Nuevo México. La
imparcialidad ideológica que promete
Ramos en el prólogo no se
corresponde con lo que se lee en el
libro, salpicado de posicionamientos
y comentarios en contra de la
derecha norteamericana. Parece como
si el autor estuviera todavía
reaccionando ante la realidad de que
fueron los mismos hispanos quienes
dieron la presidencia a Bush, del
considerable aumento del electorado
hispano favorable al ideario de los
valores de la derecha liberal y
conservadora. En este libro –como en
las columnas de prensa de Ramos–
resulta más que obvia la antipatía
por el Partido Republicano.
Basta
comprobarlo en las referencias que
incluye subliminalmente en su ensayo
y que hace pasar como verdades
absolutas. Así ocurre, por ejemplo,
cuando se esgrimen las razones para
ir a la Guerra de Irak como falsas,
cuando se machaca sobre la
inexistencia de las armas de
destrucción masiva en Irak porque no
han aparecido, cuando se niega la
vinculación de Sadam Husein con Al
Qaeda o cuando se cita parcialmente
el informe del Comité de
Inteligencia del Senado sobre los
atentados del 11-S. Es la
misma parcialidad que desvela la
admiración de Ramos por un personaje
como Michael Moore, su alabanza a un
enemigo declarado de Bush como
Carlos Fuentes o el reproche que
hace a la prensa de Estados Unidos "porque
no hizo las preguntas duras,
incómodas, al Gobierno del
presidente Bush" (pág 27). Lo mismo
puede decirse de su idea de que la
mayoría de los estadounidenses
votaron a Bush-Cheney incitados por
el miedo y de otras afirmaciones
parecidas que recorren las páginas
de este ensayo bajo capa de
equilibrio ideológico. Porque
un ensayo serio sobre los hispanos
no requeriría de la inclusión de
frases pronunciadas por Bush en
español incorrecto y con errores
gramaticales. Pero Ramos se retrata
ideológicamente al explicar la
pobreza en Hispanoamérica como
resultado de la liberalización de
mercados: "El triste resultado de
dos décadas de apertura de mercados,
privatizaciones y globalización es
el aumento en el número de pobres en
varios países latinoamericanos" (pág.
88). Y lo mismo cuando asegura –obviando
realidades como las de Cuba,
Venezuela o Bolivia– que los
movimientos izquierdistas en
Hispanoamérica son "light" porque
"no están cargados de refranes
marxistas, no promueven la lucha de
clases ni proponen que los
trabajadores tomen el poder por la
fuerza" (pág. 201).
En
línea con la palabrería de las
izquierdas, Ramos no explica nunca
suficientemente cuestiones de
importancia para los hispanos. Al
tratar de la voluntad del pueblo
norteamericano de hacer del inglés
la lengua oficial de su país trae a
colación algunas propuestas de
eliminación de la educación bilingüe,
y define todo ello como formas de
rechazo a lo hispano como grupo
étnico. En un revuelto teórico,
Ramos mezcla a su antojo autores tan
distintos como Octavio Paz, Carlos
Fuentes y José Vasconcelos. La
discriminación contra los hispanos
en Estados Unidos la ejemplifica en
que éste es el único grupo no
representado proporcionalmente en la
fuerza laboral del Gobierno. El
problema radica en que Ramos no
cuenta ni por asomo las objeciones
que las izquierdas del Partido
Demócrata –al que él apoya
disimuladamente– vienen poniendo a
Bush para aceptarle su deseo de
incluir a hispanos en puestos
importantes: baste recordar las
objeciones y el boicot a los
nombramientos del juez hispano
Miguel Estrada y del fiscal general
del Estado, el mexicanoamericano
Alberto González.
Por
eso, de tan sectarias premisas, la
hipótesis del libro es bastante
cuestionable: que el cambio más
dramático que está viviendo Estados
Unidos no tiene nada que ver con la
guerra contra el terrorismo o con la
economía, sino con la revolución
demográfica impulsada por los
hispanos. Y de ahí la tesis de
Ramos, más dudosa aún, de que "Estados
Unidos será una nación hispana"
gracias a una suerte de "reconquista"
cultural (pág. 235). Por
éstas y otras razones el libro de
Ramos viene a dar la razón a algunas
de las ideas de Samuel P. Huntington
en ¿Quiénes somos?. Porque,
aun sin ser Ramos un periodista de
los más radicales, ni siquiera él
puede dejar de esconder esas
fórmulas tan propias de las
izquierdas más antinorteamericanas
que aparecen disfrazadas en el seno
de Estados Unidos a través de grupos
activistas promovidos por el
anticapitalismo y el rechazo a lo
anglosajón. La
realidad de esos grupos y de las
falsificadas ideas de "reconquista"
son justamente las que llevaron a
Huntington a prevenirnos de una
amenaza real para la convivencia en
Estados Unidos. Una lectura
cuidadosa de ¿Quiénes somos?
corrobora que, al igual que ocurrió
ya con su aviso cumplido sobre el
choque de las civilizaciones,
Huntington no está tan descaminado
al plantear la situación de los
hispanos en Estados Unidos. Pero
mientras el profesor de Harvard lo
hace desde las bases del respeto a
los valores fundacionales y
constituyentes de la nación
norteamericana, el periodista Ramos
lo hace desde el sensacionalismo
populista y desde una visión
mitificada de una supuesta "reconquista"
hispana.
Al
comparar con seriedad entendemos
mejor que las tesis de Huntington no
son gratuitas, sino que están
apoyadas en un aparato teórico mucho
más profundo que el de Ramos. Vemos
que las páginas de Huntington no son
–como se ha escrito– fantasías de un
hombre blanco y protestante, ni
tampoco avisos racistas, ni
prejuicios de la cultura "wasp"
contra los hispanos, ni integrismo
blanco, ni nada de lo que los
intelectuales de la progresía han
dicho de su libro, al que han
calificado de panfletario. Vale
remitir al lector a las
descalificaciones que sufrió la obra
en España e Hispanoamérica. La
realidad es que hace falta vivir
como español, como hispano (y
también como "gachupín") en la
comunidad hispana de Estados Unidos
para entender el desconocimiento que
de la realidad de este país tienen
la inmensa mayoría de los que en su
día vilipendiaron a Huntington y
esgrimieron feroces reseñas contra
su libro desde la comodidad de la
vieja metrópolis o desde algún cargo
gubernamental de ultramar. Las ideas
de Huntington son muy sostenibles y
no inventan una amenaza fantasma.
Porque existen varios rasgos
culturales hispanos que son
inicialmente incompatibles con la
forma de vida anglonorteamericana.
Pero el mensaje de Huntington apunta
a la integración, a la mezcla, jamás
a la escisión o la separación.
Es así
que el libro de Ramos viene a dar
involuntariamente la razón a las
sospechas de Huntington y corrobora
un hecho incuestionable que éste
intuyó con claridad: si los hispanos
–como cualquier otro grupo de
emigrantes– quieren avanzar en
Estados Unidos necesitarán
integrarse en la cultura
norteamericana, conservando su
cultura y sus costumbres pero
participando de una nación fundada y
pensada sobre los principios y
valores de la democracia liberal de
los Padres Fundadores. En ese marco
no caben utopías ni viejos sueños de
reconquistas, tampoco rencores
históricos contra los Estados Unidos.
El
libro de Huntington nos muestra que
el triunfo de los hispanos en
Estados Unidos es el que cada uno
sepa y logre obtener en función de
su valía, y no de su pertenencia a
un grupo étnico concreto. En todos
los casos, la prosperidad y el logro
de la felicidad personal y familiar
radica en la libertad que
proporciona la Constitución de los
Estados Unidos: justo el documento
que escribieron y firmaron esos
anglos, cristianos y blancos hace ya
más de dos siglos. Gracias a ella
hay muchos hispanos, como Ramos, que
han podido triunfar y prosperar,
también en español.
Samuel P.
Huntington, ¿Quiénes somos? Los
desafíos a la identidad nacional
estadounidense, Barcelona, Paidós,
2004, 488 páginas.