Nombrado ministro de Educación y
Cultura en el primer Gobierno
revolucionario, Ernesto Cardenal
se creyó "cardenal" del
sandinismo comunista, se
enfrentó al Papa y erró al
defender la tiranía. Sostenía
que para ayudar a los pobres era
preciso aliarse con los
marxistas y hasta usar la
violencia. Su "catolicismo de
izquierda" –siempre tan
sonriente con las guerrillas– se
enmarcó en la "Teología de la
Liberación", que el Papa rechazó
por falaz.
Centroamérica estaba en los 80
inmersa en continuas guerras, y
Nicaragua sufría los embates
post-revolucionarios de Daniel
Ortega. Existían desavenencias
entre la Iglesia Católica y el
Gobierno sandinista, agravadas
por la presencia de sacerdotes
en el Gabinete, como el
canciller Miguel d'Escoto, el
propio Ernesto Cardenal y su
hermano Fernando, dirigente de
la Cruzada de Alfabetización. La
Iglesia y sus superiores
religiosos no veían bien su
presencia en esos puestos, pero
ni Cardenal ni los otros
obedecieron.
Hoy vemos muy claro cómo y por
qué Cardenal erró al enfrentarse
al Papa Juan Pablo II. Así se
entiende el episodio del 3 de
marzo de 1983, cuando un grupo
de seguidores de la revolución
sandinista boicotearon una misa
campal en la que pedían a gritos
a Juan Pablo II que condenase a
EEUU. Al concluir la misa,
interrumpida en varias ocasiones
por los fanáticos del sandinismo,
el Papa salió para el aeropuerto,
mientras los dirigentes
sandinistas saludaban a la
multitud desde el mismo estrado
donde había dicho misa aquél.
Ante la visita de Juan Pablo II,
el Gobierno sandinista había
dispuesto eliminar del protocolo
el saludo de los ministros en el
aeropuerto, pero de improviso el
Papa se dirigió hacia éstos,
entre quienes se contaba
Cardenal. Ante las cámaras de
televisión, el Santo Padre lo
reprendió, sentenciándolo con el
índice y afirmando: "Usted tiene
que arreglar sus asuntos con la
Iglesia".
Cardenal erró al no darse cuenta
de que la doctrina católica se
basaba y se sigue basando en el
amor y no en las pistolas, en la
caridad y no en las bombas. Erró
al proclamar desde la izquierda
la formación de una suerte de
falsa iglesia del proletariado.
Erró porque el pueblo no estaba
con la iglesia politizada ni con
los sicarios del comunismo. El
pueblo estaba y sigue estando –como
vemos estos días– con el Papa.
Juan Pablo II volvió a Nicaragua
13 años después, en febrero de
1996, cuando los sandinistas ya
no ocupaban, afortunadamente, el
poder. Pero se preparaban ya
para participar en las primeras
elecciones presidenciales tras
su derrota electoral de 1990.
Entonces, el Papa recordó el
incidente como "una gran noche
oscura" del pasado, lo cual fue
interpretado por Ernesto
Cardenal y por muchos otros como
una alusión a la intención del
FSLN (Frente Sandinista de
Liberación Nacional) de retornar
al poder.
Frente a lo que había querido
criticar Cardenal, Juan Pablo II
estaba apuntando así a las
luchas revolucionarias en
Nicaragua, con más de 50.000
muertos; a la guerra civil
salvadoreña, con 75.000
asesinatos; a la guerra de casi
cuatro décadas en Guatemala, con
más de 200.000 muertos.
Con todo, el gurú sandinista
Daniel Ortega todavía tenía
agallas para pedir disculpas y
perdón ante la Iglesia Católica,
en clara maniobra política para
intentar, sin éxito, ganar la
Presidencia. Es así como el
sandinismo fue derrotado por el
voto del pueblo nicaragüense en
honestas elecciones. Para
entonces Cuba seguía hundiéndose
en el desastre total, y el
imperio soviético se derrumbaba
en silencio gracias a la verdad
y al amor a la libertad del
Papa.
Por eso hoy entendemos sin lugar
a la duda que Cardenal erró al
apoyar el marxismo sandinista
con gestos pseudomísticos. Erró
cuando conoció a Fidel Castro y
se vio conmovido, con las manos
temblorosas y la alegría en sus
ojos, ante la presencia del gran
tirano, al que elogió. Erró, en
fin, al confirmar su apoyo y su
fe no en la Iglesia a la que
representaba, sino en la
artificial Iglesia de la
izquierda socialcomunista.
Ernesto Cardenal nunca pareció
perdonar la admonición pública
que le hizo el Papa, y durante
muchos años quiso demostrar una
equivocada y engreída
superioridad intelectual. Erró
cuando nos recordó que la
Iglesia era el origen de la
Inquisición y cuando quiso
reducirla a una turba de papas
ebrios y lujuriosos. Se equivocó
también cuando añadió: "Juan
Pablo II le ha hecho mucho daño
a la Iglesia, y debería pedir
perdón por los casos de
pederastia, por oponerse al
progreso, a las revoluciones
sociales, y por querer quedarse
en el pasado. Aunque,
lamentablemente, los marxistas
se dejaron corromper y olvidaron
el noble ideal de Carlos Marx".
Erró también al definirse como
'"marxista, místico, poeta,
sacerdote y revolucionario, y
todo a la misma vez", o al
añorar la ''nobleza'' de Marx.
Desde las filas intelectuales y
políticas del sandinismo,
Cardenal quiso poner contra las
cuerdas a Juan Pablo II por su
alineamiento contra el comunismo
y por sus ideas parejas con las
de personajes clave del
anticomunismo como Ronald Reagan
o Margaret Thatcher. Hoy sabemos
quién estaba en el lado correcto
de la historia.
De
la farsa de esa teología de la
liberación de Ernesto Cardenal,
del fusil y la sotana ya dieron
cuenta Plinio Apuleyo Mendoza,
Carlos Alberto Montaner y Álvaro
Vargas Llosa en uno de los
capítulos de su Manual del
perfecto idiota latinoamericano.
No redundaremos en ello.
Pero sí animamos a que el lector
conozca al verdadero Ernesto
Cardenal. Ahí está el poeta,
nada despreciable aunque sí
bastante irregular y hasta,
muchas veces, cansino, aunque
con indudables logros líricos.
Ahí está el ideólogo, siempre de
espaldas al pensamiento liberal
y a la verdadera defensa de la
Libertad. Y es justamente ahí
donde los posibles aciertos
líricos de algunos de sus versos
no pueden borrar nunca los
errores de una vida claramente
falsificada.
Los
premios que incluso el actual
Gobierno pseudoliberal de Bolaños en
Nicaragua le van otorgando
incomprensiblemente pueden quedar
bien para la foto. Son como los
premios de la derecha española de
Aznar a Rafael Alberti. Pero no
esconden la realidad de una
trayectoria éticamente cuestionable
y siempre de espaldas a la justicia
y a la verdad. La muerte del Papa
sirve, entre otras muchas cosas,
para recordarlo.