La civilización occidental
está luchando desde el 11-S
una Guerra Mundial contra el
terrorismo yihadista. Esa
batalla la lidera
militarmente EEUU –como no
puede ser de otro modo–
gracias a la constancia y la
determinación de la derecha
liberal-conservadora
encarnada en la
Administración Bush y el
Partido Republicano. En
frente se halla el Partido
Demócrata –o sea el Partido
de la Derrota– que ante la
carencia de una agenda
propia, y como ya hiciera en
las elecciones
presidenciales de 2004, vive
en la negación y en el
intento de crear otro
Vietnam. Su único objetivo
es atacar a Bush,
desprestigiar a los
republicanos y arañar votos
para las elecciones de las
cámaras norteamericanas en
2006.
El machacar diario contra el
Presidente por parte del
Partido de la Derrota y sus
aliados mediáticos encuentra
gran eco y regusto en la
Europa antiamericana y en la
España socialista, desde Abu
Ghraib al asunto de las
supuestas filtraciones de la
CIA. En economía, y pese al
pesimismo alarmista, la
América de Bush acaba de
añadir sólo en el mes de
noviembre 215.000 nuevos
puestos de trabajo, que son
parte de los más de 4.4
millones de empleos creados
desde mayo de 2003. La tasa
de desempleo en EEUU está
ahora en el 5%, mejorando la
media de ese país en los
últimos treinta años. El
crecimiento económico en el
tercer trimestre de 2005 ha
sido del 4.3%, y todo esto,
tras el Katrina, el Wilma,
la subida del petróleo y los
continuos y necesarios
gastos militares en
Afganistán y en Irak.
Pese a tan excelentes datos
económicos, la vida política
en EEUU se ha ido crispando
por deseo y voluntad del
radicalizado Partido de la
Derrota y sus compinches
mediáticos: los mismos que
siguen equivocadamente
haciendo de Irak el centro
de demagógicas campañas
electorales. Ahora, como en
los años sesenta, el Partido
Demócrata se hace pacifista,
anti-belicista, anti-militar,
anti-hegemónico y da cancha
a los enemigos de su propia
nación. Ahora, como entonces,
culpa a la derecha
republicana de ser la causa
de todos los males de la
tierra, incluidos también
los huracanes. Es la táctica
calcada de los tiempos de
1972, con aquel fracasado
candidato demócrata llamado
George McGovern, que perdió
estrepitosamente las
elecciones.
Sólo así, desde esa campaña
partidista y mediática de
acoso y derribo permanente,
se explica la baja
popularidad de Bush en las
encuestas. Pero no debe
silenciarse que ésta va
paralela a la escasa
credibilidad que las mismas
encuestas dan a los
políticos demócratas. Bush
lanzó la semana pasada un
acertado contraataque en un
serio
discurso donde expuso la
estrategia para la victoria
en Irak. Es la misma
estrategia que siempre tuvo
Bush, aunque ahora
articulada con más detalles
y nuevos datos, que se
ampliará esta misma semana
en otra comparecencia
presidencial.
Cuando el próximo 15 de
diciembre se celebren las
terceras elecciones en Irak
en sólo unos pocos meses, la
defensa de la libertad y la
instauración de la
democracia en aquel país
asestará otro golpe
importante al terrorismo
yihadista y a cuantos
cuestionan la necesaria
presencia de EEUU en Irak.
El esfuerzo militar y
económico norteamericano
está dando ya sus frutos
porque los mismos grupos
iraquíes que, sin éxito,
boicotearon las dos
anteriores elecciones se han
unido ya al proceso político.
Porque el número de soldados
y policías de cuerpos de
seguridad propiamente
iraquíes está creciendo y
cada vez adquiere un papel
más autosuficiente para
liderar la batalla contra
los grupos terroristas, que
no “insurgentes”.
Sin embargo, pese al
increíble progreso hecho en
Irak por la Administración
Bush a favor de la libertad
y la democracia, los líderes
del Partido de la Derrota –conchabados
con varios medios de
comunicación de lo
políticamente correcto–
todavía insisten en poner
fechas para la salida de
Irak. Prueba de lo vacío de
tal demagogia es el hecho
mismo de que el senador
demócrata Joe Lieberman –el
político más razonable de
las filas de la oposición–
tuvo que salir a defender en
una
columna para el Wall
Street Journal la
necesidad de seguir apoyando
la política de Bush en Irak
a fin de derrotar el
terrorismo. No extraña que a
Lieberman lo sigan
silenciando en su propio
partido, como hicieron con
Zell Miller, y que fuera
Lieberman precisamente el
primero que el Partido de la
Derrota eliminó en la
carrera presidencial en
2004.
El
plan del Partido Demócrata no es
la victoria en Irak, sino la
derrota –la misma que
propiciaron desde Washington en
Vietnam– y que ahora pretenden
revivir en boca de un errático
John Murtha. Sobre el posible
fracaso de Bush en Irak se
sostienen las esperanzas
electorales del Partido
Demócrata: cuanto peor vaya Irak,
peor queda Bush y la derecha.
Ese es el pensar de políticos
como Harry Reid, Nancy Pelosi,
Joe Biden y el resentido John
Kerry, aquél por quien Zapatero
apostaba hace un año… Cabe
recordar que Bush cumple su
segundo mandato. Le quedan por
delante todavía tres años de
presidencia y no necesita ganar
ninguna elección más. Lo que sí
quiere ganar es la guerra contra
el terrorismo. Por eso, con más
aciertos que errores, persevera
junto al Partido Republicano en
esa lucha, la nuestra, la de
todos, la de la Libertad.