Puerto Rico es un territorio
de los Estados Unidos, con
casi cuatro millones de
ciudadanos estadounidenses
americanos, llamado por sus
proponentes ¨Estado Libre
Asociado¨ y en términos
legales oficiales
¨Commonwealth of Puerto
Rico¨. Como tal, el pasado 2
de noviembre Puerto Rico
celebró también sus
elecciones. Más de un mes
después, seguimos sin
conocer los resultados
definitivos.
Existen dos partidos que se
han alternado
tradicionalmente el poder en
la isla: el PNP (Partido
Nueva Progresía), favorable
a que Puerto Rico se
convierta en el estado
número cincuenta y uno de
los Estados Unidos; y el PPD
(Partido Popular Democrático),
que dice querer mantener el
statu quo territorial
para la isla. Hay un tercer
partido, el PIP (Partido
Independentista
Puertorriqueño) que aspira a
la independencia pero recibe
escasos votos. Y hay, además,
una periferia del
independentismo de corte
marxista leninista, que se
hace llamar ¨independentismo
no afiliado¨ porque no
pertenece al PIP por razones
dogmáticas y se hace llamar
¨sociedad civil¨.
El 2 de noviembre la
diferencia en las urnas
entre el PPD y el PNP fue de
apenas 3.880 votos a favor
del primero, o sea dos
décimas de por ciento del
voto total. La polémica
surgió con varios miles de
papeletas que utilizaron el
llamado ¨voto mixto¨ y que
se contabilizaron como
válidas la noche de las
elecciones. Ellas son ahora
el motivo de este debate
legal al llevar una cruz
marcada bajo la insignia del
PIP, pero a favor de los
candidatos del PDP para
Gobernador y Comisionado
Residente. La controversia
legal tiene trasfondos
ideológicos que no pueden
perderse de vista.
El PNP, que ganó facilmente
y con toda justicia las
cámaras legislativas y la
mayoría de las alcaldías, ha
reclamado un recuento de
votos alegando que dichas
papeletas son fraudulentas.
A ese recuento se oponen el
PPD y el PIP, así como la
misma Comisión Estatal de
Elecciones. El Tribunal
Supremo de Puerto Rico
determinó que esos votos
mixtos dobles eran válidos,
pero al retener el Tribunal
Federal la jurisdicción se
ha generado un choque entre
las dos instancias
judiciales que ha llegado ya
al sometimiento al Primer
Circuito de Apelaciones de
Boston.
La situación es de inmensa
gravedad y se recoge en las
páginas del Wall Street
Journal, en un
recomendable editorial
titulado ¨La Florida de
Puerto Rico¨ (3-XII-2004).
Allí se apuntan
incontestables datos sobre
el más que posible fraude
electoral existente en esas
papeletas, las mismas que
darían el triunfo al PPD. El
editorial detalla cómo
muchas de esas papeletas con
tres X incluían
irregularidades, producto de
un fraudulento uso de tinta
en lugar de lápiz, lo que
debería llevar a su
anulación por ser confusas y
fraudulentas y que acabarían
dando la victoria electoral
al PNP.
Frente al escaso interés de
la mayoría de los medios de
comunicación en Europa y
España, Puerto Rico está en
peligro. Y lo está porque
tanto el PPD como el PIP y
sus líderes se oponen a
respetar los tribunales de
su país. Y en su condición
legal de Estado Libre
Asociado, Puerto Rico existe
bajo las leyes que
representa en la isla el
Tribunal Federal de Distrito
de los Estados Unidos. Los
jueces federales en Puerto
Rico son nombrados por el
Presidente de los Estados
Unidos y confirmados por el
Senado de los Estados Unidos.
Sus antecedentes han sido
revisados y sometidos a los
más rigurosos juicios y a un
cuidadoso proceso de
confirmación. Tales jueces y
leyes federales basan sus
decisiones en la estricta
legalidad, no en
preferencias personales.
Por eso sorprende tanto, y
asusta aún más, que los
líderes del PPD hagan una
llamada a la desobediencia
de la ciudadanía ante la
orden de un Juez federal. Al
menoscabar el poder
legislativo con el propósito
de obtener la gobernación de
Puerto Rico, el PPD (y a su
sombra el PIP) quiebra todos
los principios democráticos
que alega defender. Como
partido político, el PNP
tiene todo el derecho, y
hasta el deber, de pedir al
tribunal federal que
interprete los votos en
disputa. Se lo debe a los
949.579 ciudadanos que lo
apoyaron con votos válidos a
favor de su candidato Pedro
Rosselló. Y se lo debe,
ahora más que nunca, por el
progresivo deterioro de
algunos sectores de la
política puertorriqueña.
El asalto a la democracia a
través de los impedimentos a
la legalidad por parte del
PPD y del PIP radica en el
intento de subestimar la
credibilidad de los
tribunales federales en
Puerto Rico. Radica en
lanzar alarmas falsas sobre
la falta de jurisdicción y
en poner en tela de juicio
la integridad de un Juez
federal. Son muchos ya los
indicios de separatismo
antiamericano que se
perciben entre los líderes
del PPD, animados por la
izquierda procastrista y
prochavista del PIP.
Toda esta polémica manda un
confuso mensaje a Estados
Unidos y pone en juego la
relación de Puerto Rico con
el país que más lo ha
apoyado y sustentado a lo
largo de su historia. La
inmensa mayoría de los
puertorriqueños, incluso los
votantes del PPD, están a
favor de una relación
estrecha entre Puerto Rico y
los Estados Unidos. Pero
algunos líderes del PPD, en
sus alianzas con el
independentismo
antiamericano del PIP, están
ayudando a la causa del
separatismo en Puerto Rico.
El mismo independentismo que,
elección tras elección, ha
sido rechazado por el pueblo
soberano puertorriqueño de
forma sistemática e
inequívoca.
Estados Unidos seguirá
siendo la primera potencia
mundial con o sin Puerto
Rico. Pero Puerto Rico no
sabemos que será sin Estados
Unidos. Por ello, los
honestos ciudadanos
puertorriqueños deberían
mirar a su alrededor para
comprobar la miseria de la
moral política de países
cercanos como Cuba o
Venezuela. No es difícil
sospechar que detrás de todo
esto hay un proceso a altos
niveles del PPD y del PIP de
radicalización
independentista y
antiamericana ligada a un
más amplio y perverso plan
de dogmatización amparada
por la izquierda marxista,
tan opuesta siempre a los
valores individuales de la
libertad, la democracia y el
Estado de Derecho.
El odio a los Estados
Unidos, del que no nos
cansaremos nunca de escribir,
está presente a nivel
planetario y adopta diversas
caras: desde el terrorrismo
al antisemitismo; desde la
corrupción en Naciones
Unidas a la mentira como
estrategia; desde el fraude
electoral a la manipulación
informativa; del insulto a
la violencia. De eso saben
bastante los colombianos, en
constante amenaza bajo el
terrorismo de las FARC. Lo
supieron los nicaragüenses
con el sandinismo. Lo saben
también los españoles con el
terrorismo independentista y
con el terrorismo islámico
del 11-M. Y lo siguen
viviendo bajo un gobierno
socialista y antiamericano
que pacta con los
separatismos y babea ante
Castro y ante Chávez.
Puerto Rico está en peligro
cuando se descalifican las
instituciones o cuando se
amenaza de muerte a un juez de
la Corte Federal. Es el juego
entre cortinas de toda una
agit-prop que a través del
PPD busca aislar a Puerto Rico
para convertirlo en otro ¨paraíso¨
estalinista: el mismo al que
aspiraba el antiguo Partido
Socialista Puertorriqueño (reconvertido
en Nuevo Movimiento
Independentista). Las semejanzas
con el fraude electoral en
Venezuela no resultan ya una
simple casualidad. Las
semejanzas con las elecciones de
Ucrania tampoco son gratuitas.
Por eso es de esperar que se
cumpla en Puerto Rico la
legalidad de todo Estado de
Derecho. Por el bien de los
puertorriqueños y de quienes
saludamos y compartimos su
libertad, su historia y su
cultura.