El
próximo 7 de noviembre hay
elecciones intermedias en EEUU.
Se decidirá entonces si la
ciudadanía quiere mantener a los
republicanos en las dos cámaras
de representantes o si prefiere
quitarle la confianza para
cedérsela a la oposición
demócrata. La pérdida del poder
en el Senado, en el Congreso, o
en ambas sería vista con gran
satisfacción por quienes siguen
atacando a la derecha
conservadora norteamericana y a
su líder George W. Bush.
Se
podrá estar de acuerdo o no con
ciertas políticas de la
Administración Bush, pero a
nadie escapa que en medio de la
guerra global contra el
terrorismo que nos toca vivir,
los ataques a la Casa Blanca y
al Partido Republicano son
balones de oxígeno para el
antiamericanismo internacional,
para las tiranías más nefastas
y, por ende, para el yihadismo
terrorista. Toda crítica sana es
siempre positiva, pero aclarando
en qué lado de la batalla
ideológica está uno: si con la
libertad –que personifica EEUU
de manera inequívoca– o contra
ella.
La
necesaria oposición democrática
cabe realizarla con argumentos y
con ideas, con programas serios
y concretos para la ciudadanía
que muestren los modos en que
nuevos planes o cambios en las
políticas aprobadas por las
cámaras de representantes puedan
realmente ayudar a la
ciudadanía. Nada de eso se
percibe en lo que un Partido
Demócrata cada vez más
radicalizado a la izquierda
presenta como alternativa al
electorado, o sea nada. De ahí
que, a falta de ideas, los
Demócratas se agarren como a un
clavo ardiendo a los escándalos.
El
último de ellos –publicitado a
bombo y platillo– es el del
congresista republicano de
Florida, Mark Foley, por el
asunto de unos intercambios
electrónicos con un joven. Lo
que Foley haya hecho o no lo
probará la Justicia y, de ser
cierto lo que se alega,
resultará inexcusable. Pero de
momento, aceptemos su rápida
dimisión y respetemos la
presunción de inocencia. A los
demócratas, tan rápida y digna
dimisión del congresista no les
resulta rentable porque apaga el
escándalo.
A
su vez, todo esto sirve de
contraste ante lo que no
hicieron anteriormente otros
corruptos congresistas del
Partido Demócrata: Gary Studds,
por un asunto con un joven,
Barney Frank en un caso de
prostitución, William Jefferson
escondiendo miles de dólares en
su nevera y, por supuesto, Bill
Clinton en sus casos mujeriegos
con la becaria Mónica Lewinski o
con Juanita Broadrick, que le
acuso de violación y maltrato
ante el silencio de los
demócratas.
Resulta curioso observar que
esta táctica del Partido
Demócrata de sacar escándalos
unas semanas antes de cada
elección (lo que se llama ya la
"sorpresa de octubre") sea una
práctica común. A falta de ideas
y programa electoral, en octubre
del año 2000, justo antes de las
presidenciales, los demócratas
airearon el famoso incidente de
Bush conduciendo bebido en 1976.
No les resultó y Al Gore, como
ya sabemos, perdió las
elecciones.
En
octubre de 2004 volvieron al
ataque con los supuestos papeles
falsificados del servicio
militar de Bush –el célebre "Rathergate"–,
que tampoco les funcionó y que
dio con los huesos del
presentador Dan Rather fuera de
la cadena CBS. Entonces, también
John F. Kerry perdió las
elecciones. Y eso no sin antes
haber alegado también una
historia ficticia de un supuesto
armamento desaparecido en Irak,
otra vez por culpa de Bush. Ni
con esas ganó tampoco el
candidato demócrata.
Desde entonces, la práctica
demócrata –un partido cada vez
más alejado del ideario de FDR o
de Harry Truman–, bajo tutela
del acalorado líder de la
campaña demócrata (Howard Dean)
ha sido sólo una: sacar
escándalos de los conservadores
y perpetuar la idea de una
derecha norteamericana corrupta
e ineficiente: valgan los casos
de Valerie Plame intentando
implicar –sin éxito– a Karl
Rove; el enjuiciamiento a Tom
DeLay; los ataques a Donald
Rumsfeld, a Condoleezza Rice y a
Curt Weldon; el asunto de Jack
Abramoff; el episodio de caza de
Dick Cheney; las cuestionables
informaciones –desmentidas ya
desde la Casa Blanca– del último
libro de Bob Woodward; los
ataques de falsa xenofobia
contra George Allen; la
humillación a Jeanine Pirro... Y
ahora, en otro octubre
preelectoral, el escándalo
Foley.
No
tenemos ninguna duda de que en
estos próximos días los
demócratas querrán sacar más
escándalos. Todos ellos –como
siempre– promovidos por
filtraciones de un radicalismo
progre tan obsoleto como carente
de verdaderas ideas para la
ciudadanía. Por eso, y frente a
su creencia de que el pueblo
votante es masa, y que la masa
necesita del Gran Gobierno y de
sus infinitos programas
"sociales" subvencionados con
grandes subidas de impuestos,
los conservadores confían en
ganar otra vez las elecciones.
En
la lucha antiterrorista, tras
cinco años del 11-S, los
republicanos argumentan que han
logrado evitar todos y cada uno
de los diversos intentos de
ataque terrorista en su
territorio. En la Justicia, el
Tribunal Supremo ha sido
renovado con dos nuevos y
valiosos miembros. En la
economía, la creación de empleo
deja al paro en cotas de mínimos
mientras la Bolsa alcanza ya
máximos históricos. Nunca antes
había habido tanta prosperidad
económica en Estados Unidos, y
menos aún en tiempos de guerra.
Ante estos y otros múltiples
datos objetivos, es normal que
los demócratas sueñen con que
los votantes del Partido
Republicano se queden en casa el
7 de noviembre y que se
obsesionen con la publicidad
informativa de escándalos que la
prensa amiga promueve a bombo y
platillo. El libreto demócrata
es simple: desmoralizar al
votante conservador con la
bagatela de la corrupción y
difamar, que algo queda. Al
menos, eso creen ellos. El 7-N
lo veremos.