Casi un año después de la
reelección de George W.
Bush, sus mismos enemigos (que
lo son también de la derecha
liberal-conservadora)
prosiguen con su táctica del
ataque personal. Son
acciones de destrucción
individual, extendidas ya a
cualquier político de la
derecha y a cualquier
individuo que intente
avanzar legal y
legítimamente la agenda
política liberal-conservadora.
Como no pudieron ni pueden
ya desbancar a Bush, buena
parte de la facción del
Partido Demócrata ha entrado
en la desesperación más
fanática. Se trata siempre
de la vieja, continua e
improductiva campaña de la
desinformación, el “acusa,
que algo queda”.
La táctica alcanza incluso
al activismo judicial
norteamericano, tan ligado
al seno del Partido
Demócrata y a su servil
apoyo mediático: ése que
repite calamitosamente las
mismas falacias, que por
inútiles e inoperantes han
llevado en la última década
a repetidos y sonados
triunfos electorales de la
derecha republicana en la
Cámara de Representantes del
Gobierno Federal. De nada
sirve que nos recuerden cada
día que Bush y su camarilla
robaron ilegalmente las
elecciones a Al Gore en el
año 2000; tampoco funciona
lo del invento de la guerra
ilegal en Irak como forma de
enriquecimiento por el
petróleo; poco vale seguir
culpabilizando a Bush por el
Katrina y menos aún proponer
que su administración voló
secretamente los diques de
contención de Nueva Orleans
para dejar morir a la
población negra.
Para estos linces mediáticos
y políticos de la progresía
la cuestión es siempre
acusar con o sin fundamento
a la derecha. Los solidarios
“demócratas” creen así que
algo quedará o que algo
llegará a la opinión pública
a fin de poder desbancar del
poder a los malignos
neoconservadores
capitalistas liderados por
Bush. Es la misma táctica
que acabamos de presenciar
en el último encausamiento
judicial perpetrado contra
la máxima figura del Partido
Republicano: Tom DeLay. Otra
vez, y ya van varias, a los
enemigos de la derecha
parece importarles poco o
nada el derecho a la
presunción de inocencia del
acusado, sobre todo si es un
buen político de derechas
como DeLay.
La mayoría de diarios y
agencias de noticias,
siempre tan cercanos a la
progresía del Partido
Demócrata, se están
apresurando estos días a
contarle al mundo que Bush
está en peligro porque DeLay,
el líder de la mayoría
republicana en la Cámara de
Representantes, ha sido
acusado por un todavía no
demostrado uso ilegal de
donaciones de empresas a su
partido y por un supuesto
blanqueo de dinero. Lo que
no cuentan es que el
encausamiento de DeLay lo
procuró el fiscal de
distrito Ronnie Earle,
conocido enemigo número uno
de la derecha republicana y
cuyo activismo judicial en
favor del Partido Demócrata
y contra DeLay es harto
conocido.
Es la historia de siempre,
los mismos usos de estos
falseados progresistas que
se jactan de defensores de
los derechos humanos pero
inmediatamente violan el de
conceder a DeLay el mínimo
derecho a la presunción de
inocencia. Es la farsa que
traspasa fronteras y que
tanto nos suena por la
España socialista. Es, otra
vez, el insulto y el ataque
contra todo aquel que
defienda los principios de
la derecha liberal-conservadora:
porque esos valores ponen en
evidencia la falta de ideas
y la negación del
progresismo de izquierdas
para entablar un verdadero
debate político.
El continuo éxito electoral
de la derecha norteamericana
en las elecciones
presidenciales (y
particularmente en las de la
Cámara de Representantes en
la última década) se debe en
gran parte a Tom DeLay y a
su capacidad para formular
respuestas y soluciones
contundentes a su oposición.
Se debe a un deseo
demostrado por la derecha
norteamericana de hacer
frente cara a cara, sin
complejos y sin pelos en la
lengua a todos los ataques
provenientes del disfrazado
progresismo socializante. El
éxito de la derecha
estadounidense en los
últimos años ha radicado
siempre en demostrar con
hechos –y no sólo con
palabras- que sus oponentes
sobreviven gracias al
malsano juego del ataque
personal.
Por eso se puede y se debe
acabar con la noción de que
la derecha es maligna solo
por ser liberal-conservadora.
Huérfana de ideas, la
progresía de las izquierdas
rechaza la necesaria batalla
de las ideas; se espalda en
el ataque personal e intenta
destruir la reputación y la
carrera de sus oponentes
políticos. Lo vimos con
Reagan, con Thatcher, con
Bush padre, con Aznar, con
Bush hijo…, con Newt
Gingrich y ahora con DeLay.
Porque éste es uno de los
líderes republicanos más
eficientes, uno de los
arquitectos del gran impulso
de la derecha
liberal-conservadora y con
un historial de iniciativas,
reformas y éxitos que ha
puesto en evidencia la
nulidad de la progresía
demócrata.
Cuando la Justicia actúe, se
verá si DeLay es o no culpable.
Hasta ahora estamos sólo ante un
mero acusado por un fiscal de
distrito que ha dado ya muchas
pruebas de sectarismo judicial
en Tejas; un fiscal incapaz de
separar sus tendencias políticas
de su responsabilidad
profesional. Lean el
texto completo del acta de
acusación inicial y la
respuesta del acusado. La
debilidad de los primeros cargos
han llevado al fiscal a escribir
otra acusación en sólo cuatro
días. Como detalla el
National Review, estamos
ante un fiscal tan politizado
que ha filtrado ya el sumario a
un director de cine para
realizar cuanto antes una
película sobre este asunto,
siendo el fiscal el héroe y
DeLay el villano. Frente al
“Acusa, que algo queda”, la
derecha norteamericana opta y
acierta con el “Ladran, luego
cabalgamos”.