La defensa
de la libertad y la paz en el mundo
exige una lucha sin descanso contra el
terrorismo, cualquiera que sea su forma
o su geografía. En los últimos dos años
y medio el terrorismo islámico amenaza
la libertad del mundo civilizado: tres
mil muertos en Nueva York, ciento
ochenta en Bali, cien en Moscú, sesenta
en Estambul, ciento dieciséis en Manila,
casi doscientos en Madrid… Toda una
nueva generación de radicales islámicos
están bombardeando nuestra libertad,
matando a nuestras familias y amigos
bajo el fanatismo de la guerra santa.
Keith Johnson y David Crawford, dos
periodistas del Wall Street Journal,
publican en su edición del 4 de mayo un
escalofriante artículo en el que
muestran la falta de colaboración entre
los gobiernos del mundo en materia de
lucha terrorista. Esa ruptura, indican,
es el resultado del desacuerdo de
algunos países europeos con las
prácticas norteamericanas para
enfrentarse a la lacra terrorista.
El
artículo menciona los casos de Francia y
España y, como ejemplo de tal
desconexión, se alude a fuentes cercanas
a la investigación del juez Baltasar
Garzón sobre las células de Al Qaeda en
España. Según el Wall Street Journal,
los investigadores españoles se quejan
de que los Estados Unidos no les
proporcionen toda la información ya que
optan por el uso de operaciones
militares y el empleo de la inteligencia
militar frente a lo judicial. El abogado
general del estado, John Aschcroft,
desmiente esas acusaciones y asegura que
la colaboración norteamericana está
siempre de acuerdo con la legalidad
constitucional de Estados Unidos y la
seguridad nacional. El artículo aporta
informaciones que apuntan a un
progresivo deterioro de las soluciones
transatlánticas para acabar con el
terrorismo internacional.
Ante todo
esto no caben medias tintas. Vale todo
lo que dentro de la legalidad permita
acabar con el terrorismo asesino. Por
eso, esta desconexión entre Europa (y de
manera más clara entre España) y Estados
Unidos resulta tan descorazonadora como
peligrosa. Bien mirado, estamos ante la
misma desconexión que en el seno de la
política española hemos visto en los
últimos años: desde la incompleta
investigación sobre los GAL (con la X
todavía por encarcelar) hasta las
sombras alargadas del 11-M (que sigue
sin tener todavía una comisión de
investigación gracias a los esfuerzos de
la izquierda socialista y de algún
botarate de la derecha centrista
sonámbula).
En España,
la izquierda demagógica es genéticamente
antiliberal, sustancialmente
antidemocrática y electoralmente
antiamericana. Antiliberal porque no
cree en la defensa de la libertad, como
prueba la retirada de las tropas
españolas de Irak cuya misión allí tenía
directa relación con la lucha contra el
terrorismo internacional.
Antidemocrática porque desprecia las
reglas del estado de derecho,
especialmente si gobierna la derecha.
Antiamericana porque abandona a los
soldados de Estados Unidos a cambio de
traer a los nuestros como respuesta al
“fracaso” y a la “unilateralidad”
imperialista. Estas sí son las grandes
“cosechas” de la izquierda socialista en
España, las que olvidó Zapatero
mencionar en Vistalegre, y a las que
podrían sumarse otras añadas del
comunismo rancio y el separatismo
tribal. La falsificación de la realidad
se lleva a cabo por parte de la
izquierda mediante una campaña
demagógica apoyada en la mentira y en un
falso pacifismo que traiciona la
libertad, obstaculiza la lucha contra el
terrorismo y pone el peligro nuestra
seguridad.
El
gobierno norteamericano entiende que es
necesaria la colaboración y el uso real
y verdadero (no demagógico) de todos los
recursos militares y de los servicios de
inteligencia. Pero sabe muy bien que los
primeros gestos de la izquierda española
en el gobierno han sido fatales para esa
colaboración. Los norteamericanos
entienden que los resquicios legales de
la democracia y de todo estado de
derecho dificultan a menudo luchar
contra los terroristas. Pero no
agradecen que se pongan trabas en esta
guerra contra el terrorismo retirando a
las tropas. Tampoco valoran nada
positivamente la manipulación de una
campaña electoral infiltrando datos para
condicionar los resultados.
Mientras
el mundo llora cada día a los muertos
por el terrorismo los criminales y sus
cómplices andan por ahí sueltos o de
juicio en juicio. Mientras a los
soldados norteamericanos se les pide que
procuren no herir la sensibilidad de las
milicias chiítas refugiadas en las
mezquitas, un clérigo asesino como Al
Sader se dedica a avivar las matanzas.
Mientras el terrorismo islámico avanza a
pasos agigantados, los cuerpos muertos
de los soldados norteamericanos se
queman y se ultrajan. Mientras siguen
muriendo más soldados de la coalición
internacional, a los españoles se les
manda a casa para no volver más, haya o
no nueva resolución de Naciones Unidas.
Por eso hay que acabar de una vez para
siempre con el relativismo de la
izquierda demagógica que tiene hoy en
Zapatero su máximo exponente. Hay que
cercenar la mentira y actuar con
claridad. Sabemos quiénes son los
terroristas, cómo actúan, dónde actúan y
cómo se llaman. Sabemos también que esos
terroristas no se esconden ni en las
iglesias católicas ni en las sinagogas
judías, sino en las mezquitas islámicas.
Desde hace
más de un siglo, los niños
norteamericanos –de distintos orígenes,
culturas y religiones- crecen saludando
cada mañana en los colegios y escuelas a
su bandera al tiempo que recitan de
memoria la breve “Promesa de Lealtad”:
“Juro mi alianza a la bandera de los
Estados Unidos de América y a la
república que representa, una nación
bajo Dios, indivisible, con libertad y
justicia para todos”. Su promesa es una
reafirmación de la herencia liberal y
democrática de los Estados Unidos que
incluye también la mención a Dios como
trascendencia divina y de libre
confesión.
Esta
promesa no es un gesto ni patriotero ni
barato sino la identificación desde la
infancia con el sueño americano de
verdadera libertad y justicia. Esa es la
misma promesa que lanzaron los niños que
luego crecieron y se hicieron soldados
para salvar a Europa del fascismo y del
comunismo. Es la misma promesa hecha por
quienes son ya hoy nuestros
soldados americanos en Irak y en
Afganistán que luchan contra el
terrorismo. Ellos son quienes defienden
nuestra libertad, también la de los
niños españoles, más allá de la farsa de
la izquierda demagógica.