Si algo hay que
elogiar a la Administración Bush es su labor a
la hora de intentar al menos mantener una
política de rebaja de impuestos y evitar la
subida fiscal sobre el bolsillo de los
contribuyentes, sean estos fumadores o no. Eso
es justamente lo que más revienta a los
colectivos socializantes que cada vez están
tomando más impulso por Estados Unidos gracias
al babeo continuo del Partido Demócrata. El
éxito de la vida política norteamericana ha sido
precisamente dejar vivir en libertad a sus
ciudadanos, lejos de imposiciones
gubernamentales y de impuestos basados en
intereses particulares.
Una Comisión que
supuestamente asesora a la Casa Blanca en
cuestiones de la lucha contra el cáncer, asegura
ahora que para ayudar a combatir el cáncer, el
Gobierno Federal de Estados Unidos debería
aumentar los impuestos al tabaco y sus derivados
y regular rígidamente la venta y mercadeo del
tabaco, calificado como “material adictivo”.
Aunque por Europa y buena parte de las Américas
esto suena razonable, el fondo de la cuestión es
muy otra: que es el individuo el que debe
responsabilizarse de sus propias acciones y no
el Gobierno, imponiendo impuestos que ahora se
inician con el tabaco pero que mañana seguirán
con otras mil cosas.
Ambas
recomendaciones son parte de un informe
difundido el jueves pasado a la prensa y que
contradicen la política del presidente George W.
Bush. La Casa Blanca considera, con razón, muy
contraproducente encarecer los impuestos de
forma punitiva para financiar un aumento del
gasto público. Esa es la cuestión de fondo.
Además, según el Gobierno Bush, otorgar a la
Agencia de Alimentos y Medicinas la autoridad
para regular el consumo del tabaco podría dar a
los consumidores la impresión de que el gobierno
aprueba un producto nocivo.
La Comisión
Presidencial sobre el Cáncer tiene tres miembros
y fue establecida en 1971. Está encargada de
vigilar las gestiones de Estados Unidos para
eliminar el cáncer y se reúne al menos cuatro
veces al año. El informe de la Comisión no pudo
dejar de reconocer que en el año 2007 tuvo lugar
el mayor descenso de las muertes causadas por
cáncer. Aun así, en su apocalíptica visión de la
vida, la Comisión aseguró saber -sin explicar
cómo- que más de medio millón de estadounidenses
morirán de cáncer este año, y casi dos tercios
de esas muertes “podrían” haber sido evitadas
mediante un cambio en el estilo de vida. El
subrayado de “podrían” ya es en sí
significativo.
La “sabia”
Comisión señala que las gestiones para reducir
el cáncer quedan en ocasiones comprometidas por
las políticas gubernamentales que disminuyen la
disponibilidad de alimentos sanos y limitan la
educación física. Como si la educación física o
el hacer ejercicio fuera labor del Gobierno y no
del ciudadano...
Como suele ocurrir
en la mente progresista de estas Comisiones, la
responsabilidad no es del individuo, ni de cada
persona, sino del Gobierno, el Gran Hermano que
debe enfrentarse a las grandes empresas
tabacaleras, puestas aquí como el gran demonio. Es
el mismo libreto de siempre. Por eso la Comisión
sugirió que los legisladores no acepten
contribuciones electorales de las empresas del
tabaco, prohibir que se fume en todas las
instalaciones federales y aumentar el impuesto
federal al tabaco, en la actualidad de 39
centavos por cajetilla. Eso es lo que les gusta,
aumentar los impuestos.
Esta subida a los
impuestos del tabaco se halla en la misma línea
que otra que se pide para financiar otro
proyecto de salud pública donde los fumadores
vuelven a ser objeto de ataques. No hace falta
ser fumador para defender el derecho de los
individuos para hacer lo que deseen con su
propia vida y su salud. Todavía hoy está por
demostrarse científicamente que el humo de
“segunda mano”, o sea el inhalado por el humo de
otros fumadores genere cáncer en los no
fumadores. Otra cosa es que a uno le pueda
molestar el humo, pero de ahí a culpar a un
fumador con más impuestos, va un trecho. Por lo
mismo, el encarecimiento de los impuestos
empieza con el tabaco y seguirá, tarde o
temprano, con otras áreas de cada individuo.
En el caso de
Nueva York, la cosa resulta más lamentable
todavía. Si no se permite fumar ya ni en ciertos
bares, ahora se intenta que tampoco se pueda
hacer en el coche propio. Así, las autoridades
neoyorquinas podrían multar con una cantidad de
2.000 dólares a los conductores que fumen dentro
de su propio vehículo, si en el se encuentran
menores de 18 años. No cabe mayor sandez.
El concejal
Demócrata de Nueva York, James Gennaro, presentó
esta propuesta de ley que surge de una normativa
que adoptó hace dos meses el condado neoyorquino
de Rockland. El objetivo es el mismo: que el
Gran Gobierno tenga dinero del ciudadano y así,
poco a poco, pueda ir controlando la vida
privada bajo excusas de nobles intenciones. Al
final, se trata del mismo sistema progresista de
la dependencia que mina las bases de la sociedad
libre. Lo grave aquí es que se juega con la
sensibilidad de las personas, sean o no
fumadoras, contando historias de cánceres que
científicamente hay que demostrar.