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Desastres naturales: La Naturaleza no tiene moral, el Hombre, sí

 

Publicado en Diario de América: 18/08/07

A menudo, y desde las filas del progresismo anticapitalista, los grupos antisistema y otras organizaciónes ecológicas radicales, se lanza toda suerte de bondades sobre la Naturaleza. Se contraponen éstas a los males infinitos que el hombre perpetra contra la Naturaleza. Desde el mal llamado “calentamiento global”, del que se nos adoctrina falsamente como fenómeno originado por mano del hombre hasta la retahíla de historias sobre el daño que como seres humanos estamos causando al planeta, la Naturaleza se nos presenta siempre como moralmente bondadosa.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. Porque la Naturaleza no conoce la moral, ni las leyes, ni las normas por las que los seres humanos nos guiamos y nos organizamos. La Naturaleza sigue adelante, el planeta sigue sus ciclos y hay poco o nada que el diminuto ser humano pueda hacer frente al poder superior de la Naturaleza. En estos días, el trágico terremoto en el Perú y el desprendimiento de una mina en Estados Unidos son prueba de cuanto decimos. Son testimonios, además, para desmontar la sandez del extremismo de esas peudo-religiones ecológicas y medioambientales de tinte apocalíptico.

Es cierto que pese a todos nuestros avances tecnológicos, nuestros satélites y radares sísmicos, nuestras sociedades –sea cual sea su nivel de progreso- poco o nada pueden hacer ante la fuerza de la Naturaleza. Lo hemos visto recientemente en el tsunami asiático, lo vimos en los huracanes Mitch y Katrina y en un sin fin de desastres naturales que resultan incontrolables por el hombre año tras año, país tras país. La Naturaleza no mira a quién puede dañar porque no tiene conciencia de la moralidad humana.

Todo esto confirma lo limitado del poder del ser humano y el hecho de que nuestra mejor opción como individuos y como sociedades es generar formas de vida donde el esfuerzo y la responsabilidad individual ayuden a progresar en busca de la felicidad. Cuando estos desastres naturales y accidentes ocurren, perdemos algo de nuestra felicidad pero sabemos también de la necesidad de levantarnos y seguir adelante en esta maravilla que es la vida humana.  

Si miramos al Perú después del terremoto, la ayuda internacional para los damnificados va llegando poco a poco y como gesto noble de la voluntad de ayudar y de la moralidad humana. En la desesperación, crecen los saqueos de la población afectada, desesperada por la escasez de alimentos y vivienda. Aun así, el gobierno peruano tiene grandes dificultades para distribuir de manera ordenada la ayuda local e internacional que viene recibiendo. Y pese a todo, cada individuo en su sociedad lucha por buscar reparar tanto dolor.

El retraso en hacer llegar la ayuda externa, que recién empieza a ser recibida en Lima, se debe a la prioridad de evacuar primero a los cuatrocientos heridos graves a hospitales de la capital peruana, otro gesto de moralidad. La ayuda por vía terrestre es muy lenta por los derrumbes sobre la única carretera que comunica a Lima con la región centro sur, la Panamericana Sur. El fuerte terremoto ha dejado ya más de quinientos muertos, aunque se trata sólo de las primeras cifras.

Este lamentable terremoto, producto de una Naturaleza insensible a las realidades del hombre y a nuestro concepto moral del bien, tiene lugar también casi a la vez en el tiempo con otro desastre en las montañas norteamericanas de Utah, donde tres miembros de un equipo de rescate han muerto ya y otros siete han resultado heridos al intentar encontrar a seis mineros que continúan atrapados en una mina de carbón desde hace once días. El accidente, causado por un desprendimiento de material de la mina, habría sido producido por un leve movimiento sísmico. El desafortunado incidente ocurrió sólo veinticuatro horas después de que renacieran levemente las esperanzas de encontrar vivos a los mineros.

Hoy sabemos que las probabilidades de recuperar a los mineros vivos son mínimas después de tantos días bajo tierra, pero no se puede descartar esta posibilidad. La bondad humana y el sentido moral del bien se ejemplifica otra vez en el intento de varios hombres al arriesgar la vida propia para salvar las de los mineros enterrados. Es ahí donde se diferencia la moralidad del ser humano de la carencia del sentido del bien de la Naturaleza salvaje.

Contra lo que la secta progresista nos cuenta cada día, estos episodios confirman que el hombre no puede controlar nunca del todo la Naturaleza, ni tampoco alterar sus caprichos, ni sus ciclos, ni sus vientos ni sus mareas. Tampoco podemos producir, como cree la falsa religión del calentamiento global, cambios climáticos tan sustanciales como se nos sigue haciendo creer. La Naturaleza puede con nosotros. Lo contrario parece imposible a la luz de nuestra limitada capacidad para controlar siquiera estos desatres naturales. Lo ejemplar es el esfuerzo humano por ayudar al otro, al prójimo. Ahí radica nuestra necesaria confianza como individuos en el bien y en la moralidad humana, por encima de países, gobiernos, sistemas e ideologías.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

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