A menudo, y desde
las filas del progresismo anticapitalista, los
grupos antisistema y otras organizaciónes
ecológicas radicales, se lanza toda suerte de
bondades sobre la Naturaleza. Se contraponen
éstas a los males infinitos que el hombre
perpetra contra la Naturaleza. Desde el mal
llamado “calentamiento global”, del que se nos
adoctrina falsamente como fenómeno originado por
mano del hombre hasta la retahíla de historias
sobre el daño que como seres humanos estamos
causando al planeta, la Naturaleza se nos
presenta siempre como moralmente bondadosa.
La realidad, sin
embargo, es bien distinta. Porque la Naturaleza
no conoce la moral, ni las leyes, ni las normas
por las que los seres humanos nos guiamos y nos
organizamos. La Naturaleza sigue adelante, el
planeta sigue sus ciclos y hay poco o nada que
el diminuto ser humano pueda hacer frente al
poder superior de la Naturaleza. En estos días,
el trágico terremoto en el Perú y el
desprendimiento de una mina en Estados Unidos
son prueba de cuanto decimos. Son testimonios,
además, para desmontar la sandez del extremismo
de esas peudo-religiones ecológicas y
medioambientales de tinte apocalíptico.
Es cierto que pese
a todos nuestros avances tecnológicos, nuestros
satélites y radares sísmicos, nuestras
sociedades –sea cual sea su nivel de progreso-
poco o nada pueden hacer ante la fuerza de la
Naturaleza. Lo hemos visto recientemente en el
tsunami asiático, lo vimos en los huracanes
Mitch y Katrina y en un sin fin de desastres
naturales que resultan incontrolables por el
hombre año tras año, país tras país. La
Naturaleza no mira a quién puede dañar porque no
tiene conciencia de la moralidad humana.
Todo esto confirma
lo limitado del poder del ser humano y el hecho
de que nuestra mejor opción como individuos y
como sociedades es generar formas de vida donde
el esfuerzo y la responsabilidad individual
ayuden a progresar en busca de la felicidad.
Cuando estos desastres naturales y accidentes
ocurren, perdemos algo de nuestra felicidad pero
sabemos también de la necesidad de levantarnos y
seguir adelante en esta maravilla que es la vida
humana.
Si miramos al Perú
después del terremoto, la ayuda internacional
para los damnificados va llegando poco a poco y
como gesto noble de la voluntad de ayudar y de
la moralidad humana. En la desesperación, crecen
los saqueos de la población afectada,
desesperada por la escasez de alimentos y
vivienda. Aun así, el gobierno peruano tiene
grandes dificultades para distribuir de manera
ordenada la ayuda local e internacional que
viene recibiendo. Y pese a todo, cada individuo
en su sociedad lucha por buscar reparar tanto
dolor.
El retraso en
hacer llegar la ayuda externa, que recién
empieza a ser recibida en Lima, se debe a la
prioridad de evacuar primero a los cuatrocientos
heridos graves a hospitales de la capital
peruana, otro gesto de moralidad. La ayuda por
vía terrestre es muy lenta por los derrumbes
sobre la única carretera que comunica a Lima con
la región centro sur, la Panamericana Sur. El
fuerte terremoto ha dejado ya más de quinientos
muertos, aunque se trata sólo de las primeras
cifras.
Este lamentable
terremoto, producto de una Naturaleza insensible
a las realidades del hombre y a nuestro concepto
moral del bien, tiene lugar también casi a la
vez en el tiempo con otro desastre en las
montañas norteamericanas de Utah, donde tres
miembros de un equipo de rescate han muerto ya y
otros siete han resultado heridos al intentar
encontrar a seis mineros que continúan atrapados
en una mina de carbón desde hace once días. El
accidente, causado por un desprendimiento de
material de la mina, habría sido producido por
un leve movimiento sísmico. El desafortunado
incidente ocurrió sólo veinticuatro horas
después de que renacieran levemente las
esperanzas de encontrar vivos a los mineros.
Hoy sabemos que
las probabilidades de recuperar a los mineros
vivos son mínimas después de tantos días bajo
tierra, pero no se puede descartar esta
posibilidad. La bondad humana y el sentido moral
del bien se ejemplifica otra vez en el intento
de varios hombres al arriesgar la vida propia
para salvar las de los mineros enterrados. Es
ahí donde se diferencia la moralidad del ser
humano de la carencia del sentido del bien de la
Naturaleza salvaje.
Contra lo que la
secta progresista nos cuenta cada día, estos
episodios confirman que el hombre no puede
controlar nunca del todo la Naturaleza, ni
tampoco alterar sus caprichos, ni sus ciclos, ni
sus vientos ni sus mareas. Tampoco podemos
producir, como cree la falsa religión del
calentamiento global, cambios climáticos tan
sustanciales como se nos sigue haciendo creer.
La Naturaleza puede con nosotros. Lo contrario
parece imposible a la luz de nuestra limitada
capacidad para controlar siquiera estos desatres
naturales. Lo ejemplar es el esfuerzo humano por
ayudar al otro, al prójimo. Ahí radica nuestra
necesaria confianza como individuos en el bien y
en la moralidad humana, por encima de países,
gobiernos, sistemas e ideologías.