Tal día como el de
ayer, en 1492, Cristóbal Colón, al mando de tres
navíos sufragados por Isabel La Católica, reina
de Castilla, llegaba a América. Se iniciaba así
la etapa más gloriosa de la historia de España y
una de las más grandes epopeyas –el
descubrimiento del novísimo continente- de la
Humanidad. Es por ello que esta semana, América
y España vivimos los 515 años de la llegada de
Cristóbal Colón a territorio americano. En
Estados Unidos, el “Columbus Day” o Día de Colón
se vivió con gozo y normalidad, en recuerdo de
la noble gesta de Colón, sólo ensuciada este año
por cuatro parásitos neoindigenistas que en
Denver (Colorado) quisieron ensuciar con pintura
roja una emotiva celebración repetida año tras
año en el seno del pueblo estadounidense.
Desde Lima a la
Ciudad de México, Hispanoamérica entera ha
celebrado con orgullo su Día de la Raza,
expresión máxima de la idea de la hispanidad que
Colón gestó hace ahora más de quinientos años. En algún
lugar no han faltado los plumíferos de turno que
se han agarrado a la desmemoria histórica para
atacar a Colón. Han sido, un año más, los menos,
precisamente aquellos que tan poco creen en la
libertad y en el progreso humano, justo el que
inició aquel viaje de Colón. En España,
tristemente, han sido muchísimos más los que
politizando esta fecha han querido enterrar la
memoria histórica de este Día de la Hispanidad.
Si bien, como sabemos, la unidad de España
arranca de la Hispania romana y la unidad
política data de la época visigoda y,
modernamente, de las Cortes de Cádiz, la llegada
de Colón a América ha sido uno de los hechos que
más ha contribuido a reforzar el espíritu de
unidad entre los españoles.
Ayer España
celebró más desunida que nunca su Fiesta
Nacional, el Día de la Hispanidad, al que en
Diario de América nos hemos
referido ya en editoriales y artículos
anteriores. No nos mueve aquí el ánimo de ningún
patrioterismo barato, al uso y abuso de los
falsos nacionalismos secesionistas que tanto hoy
se estilan en diversas partes de España. Nos
mueve, en cambio, la visión que salta desde el
otro lado del Atlántico de la penosa imagen que
España está dando ante el mundo y ante sus
hermanos de las Américas.
Porque lo de
España no son ya los incidentes salteados –casi
cómicos- de los antisistema neoindigenistas
teledirigidos de Denver o de la Ciudad de
México. Lo de España es más grave porque implica
la negación misma de España como Nación libre y
soberana, aspecto que no se contempla en ninguna
de las repúblicas americanas. La izquierda
española, que ha perdido su carácter de nacional,
es un ente ajeno a los actos festivos y menos
cuando estos afectan a la esencia histórica de
España. La llegada de José Luís Rodríguez
Zapatero al gobierno en 2004 abrió la caja de
los truenos y puso en solfa un modelo de Nación.
Casi cuatro años después de la llegada al poder
del socialismo de Zapatero, España se enfrenta
al momento más convulso política y socialmente
de los últimos setenta años.
La ofensiva
terrorista y nacionalista –agravada por la
inoperancia del gobierno de Zapatero-, se
constata en la puesta en cuestión de los pilares
de la Nación española: la jefatura del Estado,
la aprobación de estatutos autonómicos que ponen
en peligro el carácter unitario de España, la
implantación de un sistema educativo de tintes
totalitarios..., y una política internacional
que aleja a España de los estados libres y
democráticos, oscilando peligrosamente hacia
dictaduras totalitarias islamofascistas y
neocomunistas. Todas estas circunstancias han
ido poniendo en peligro el Estado de Derecho en
España que ha regido –en mayor o menor medida-
la Nación española en las últimas tres décadas.
Estos factores, además, han acabado por generar
una división y crispación desconocidas en la
sociedad española que se vio reflejada en los
repetidos y más que justificados abucheos que el
Presidente Zapatero tuvo que escuchar durante el
Desfile de las Fuerzas Armadas celebrado ayer en
Madrid.
La proximidad de
las elecciones generales en marzo de 2008 augura
un recrudecimiento de la situación política y
social en España. Cuatro años de gobierno
socialista han terminado por dejar a España casi
al filo del abismo como Nación y en estas horas
de la historia no caben ya más maquillajes ni
disimulos. Tal es el panorama que se
contempla desde el otro lado del Atlántico y
ante el que Diario de América
no puede, ni quiere, quedarse al margen.
Precisamente nacimos como diario para opinar en
clave liberal conservadora sobre las Américas y
sobre el lazo transtalántico que une a las
Américas con España.
A nadie puede
llevar a engaño la entusiasta respuesta
ciudadana y su apoyo casi al completo a las
fuerzas armadas y a la Corona en el día de ayer.
Esos entusiasmos responden a la nobleza de los
ciudadanos españoles, pero contrastan con los
abucheos contra Zapatero como fórmula que
constata el desencanto popular ante la
ineficiencia del actual gobierno socialista.
Porque lo cierto es que aunque oficialmente se
haya querido convertir este 12 de Octubre en el
Día de la Fiesta Nacional más unánime de los
últimos años, la realidad es bien otra. Y lo es
puesto que la enfermiza procesión de la
desmembración política de España va por dentro y
es visible en el pulso diario de la vida política
española, cada vez más parroquiana y provinciana.
Es visible también en la realidad de unos
políticos cada vez menos representativos del
sentir de la mayoría del pueblo español.
No son, por tanto, lobos
inventados ni apocalípticas visiones de las que
damos cuenta aquí en Diario de América
al hablar de esta España desunida en su Día de
la Hispanidad. Son, en cambio, hechos
comprobables que ya han dejado de ser sólo
síntomas de una pasajera enfermedad política en
España. Son asimismo pruebas irrefutables de una
patología negadora de España que se ha instalado
en un sector acobardado de la clase política y
en la oficialidad gubernamental socialista
conchabada con los cantonalismos más egoístas y
aun con fuerzas políticas abiertamente en apoyo
del secesionismo. No valen medias palabras ni
guiños falsos. En Diario de América denunciamos
una patología que, más allá de la buena fe
de la mayoría de ciudadanos españoles, es
perceptible no sólo en la clase política sino ya
también en un sector de la sociedad que sigue
mirando peligrosamente hacia otro lado como si
no pasara nada y como si la cosa no fuera con
ellos. Por eso, aun con maquillaje... España
está hoy más desunida que nunca, tristemente...
en el Día de la Hispanidad.