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La hipócrita politización de las 3500 muertes de soldados norteamericanos en Irak

 

Publicado en Diario de América: 12/06/07

Tras la muerte estos últimos días de otros tres soldados norteamericanos en un atentado suicida en coche-bomba al sur de Bagdad, el número de militares estadounidenses muertos en Irak, desde marzo de 2003 hasta ahora, supera los 3.500. La mayoría de las agencias y prensa de noticias se ha apresurado a utilizar esa cifra como argumento contra lo que siguen calificando como la “Guerra de Bush”. La estrategia de politizar las sacrificadas muertes de los soldados, iniciada ya por el New York Times, desde que se alcanzó el primer millar de muertos supone una falta de respeto hacia los valientes combatientes en el frente de Irak y, de igual manera, a todo el pueblo norteamericano especialmente en tiempos de guerra como los que ahora vive Estados Unidos. La nefasta politización de esas muertes, seguida por otros medios de comunicación en todo el mundo y también hasta por el Partido Demócrata y voceros como el congresista Jack Murtha delatan el difícil momento político que vive la nación norteamericana.

Lo que no se cuenta al público general, sin embargo, es que la verdad en torno a las guerras de Irak y Afganistán radica en que resultan ser histórica y proporcionalmente las que menos soldados norteamericanos muertos en combate han dejado a lo largo de toda la historia militar de los Estados Unidos. La mayoría de los soldados en Irak, además, han muerto en atentados terroristas y en enfrentamientos con individuos no identificados con ningún país o con ninguna bandera concreta, terroristas escondidos bajo un terrorismo vil y salpicado por todo lo largo y ancho de Irak, especialmente en Bagdad.

Según las cifras del Pentágono, en lo que va de junio las bajas norteamericanas en Irak llegan a 28, después de que el pasado mes de mayo -el más cruento para el ejército estadounidense desde noviembre de 2004- que contabilizó la muerte de 123 soldados. Fuentes del  ejército norteamericano explican este sangriento balance por la estrategia adoptada a comienzos de 2007, que da prioridad a poner fin a la escalada de violencia, en particular en Bagdad, con la ayuda de refuerzos. Casi 85.000 soldados estadounidenses e iraquíes están movilizados en el marco de un plan de seguridad de Bagdad, iniciado hace cuatro meses bajo el mando el General David Petraeus.

Otro de los generales, Perry Wiggins, director adjunto de las operaciones regionales en el estado mayor conjunto, señaló que los soldados se introducen ahora en lugares donde no se acercaban antes y se enfrentan así de modo más directo con los focos terroristas más viles, precisamente los centros que no quieren ver un Irak ni estable ni democrático. El último asesinato a sangre fría del responsable del Banco Central iraquí en la provincia de Nínive y de sus dos guardaespaldas, tiroteados por terroristas hace sólo unas horas en Mosul, ejemplifica la vileza de cuanto decimos.

Entretanto, los nuevos refuerzos norteamericanos siguen siendo desplegados en Irak y con la próxima llegada de todos ellos habrá un total de 160.000 soldados estadounidenses desplegados. La lucha contra el terrorismo en Irak resulta difícil por la necesaria colaboración que se requiere tanto del ejército iraquí como de los ministerios civiles norteamericanos allí dispuestos. El ejército norteamericano anunció la adhesión de responsables tribales sunitas de la provincia de Salahedín –al norte de Bagdad- a las autoridades provinciales en la lucha contra Al Qaeda. La adhesión de estas coaliciones tribales forma ahora parte de la estrategia estadounidense en Irak. En la provincia de Al-Anbar, plaza fuerte de la insurrección sunita al oeste de Irak, una alianza de jefes tribales llamada “El Despertar de Al-Anbar” apoya a las fuerzas de seguridad iraquíes y a los militares estadounidenses en la lucha contra Al Qaeda.

Según los testimonios que llegan del ejército norteamericano, el ambiente positivo que se vive entre los soldados norteamericanos contrasta con el ataque permanente contra Bush y contra Cheney, perceptible en los medios de comunicación y que se une al derrotismo que el líder de la mayoría del Senado, el demócrata  Harry Reid, exhibió hace unos días públicamente al hablar de Irak. Este esfuerzo militar y el sacrificio de los ya más de 3.500 soldados norteamericanos y de sus familias por llevar la democracia a Irak y frenar el terrorismo yihadista sigue, sin embargo, siendo visto por los medios de comunicación internacionales, así como por parte de muchos políticos occidentales, como un fracaso de los Estados Unidos. Lo paradójico es que sean precisamente las muertes de esos soldados las que hacen posible el mantenimiento de la libertad en el mundo y el que quienes ahora critican la guerra bajo falsas premisas pacifistas puedan disfrutar de la libertad de expresión.

Se equivocan quienes siguen viendo a estos soldados norteamericanos caídos en combate como muertes inútiles. Todas ellas tienen un valor insustituible y encierran una pérdida que honra el liderazgo de Estados Unidos en el mundo. Valdría recordar algunas cifras de la historia militar de los Estados Unidos para darnos cuenta de que el número de pérdidas humanas en esta guerra que lleva ya en marcha cuatro años es mínima si la comparamos con otras grandes guerras de la historia norteamericana.

En los cuatro años que duró la Guerra Civil de Estados Unidos, entre 1861 y 1865, hasta 623.026 soldados murieron en batalla. En la Guerra de Cuba, contra España, Estados Unidos perdió en sólo unos días de 1898 hasta 2.446 soldados. En la Primera Guerra Mundial, entre 1917 y 1918 cuando intervino Estados Unidos, murieron 116.708 soldados norteamericanos. En los cuatro años de la Segunda Guerra Mundial donde participó Estados Unidos, la cifra de soldados muertos llegó a 407.316. Sólo en las horas del Desembarco de Normandía, el 6 de junio de 1944, se perdieron más vidas de soldados norteamericanos que en todo lo que llevamos de muertes en combate en la Guerra de Irak. En otras palabras: que las muertes norteamericanas en Irak en cuatro años representan sólo el 1% de las muertes que se dieron en ese mismo periodo de tiempo en la Segunda Guerra Mundial.

En los tres años de la Guerra de Korea, entre 1950 y 1953, perdieron la vida 36.914 soldados estadounidenses y, entre 1964 y 1973, en Vietnam fueron 58.169 los combatientes muertos. En los meses escasos que duró la Guerra del Golfo en 1991 hubo 269 muertos y en los cinco años de la Guerra en Afganistán, han sido únicamente 407 los muertos. Estas cifras ponen en perspectiva lo que significan estas pérdidas militares en Irak, más allá de la politización de la guerra tan al uso ahora. La suma total de hombres y mujeres norteamericanos que dieron su vida en el extranjero por defender la libertad en guerras a nivel mundial alcanza la alta cifra de 619.376.  Demasiado, si se compara con lo que se ha perdido en Irak en vidas humanas. Es por eso que resulta tan desafortunada la utilización con fines políticos del número de soldados muertos en Irak como vehículo para intentar desactivar la guerra. Los 3.500 soldados norteamericanos que han dado voluntariamente su vida en  Irak en más de cuatro años evidencian que no estamos, ni mucho menos, ante ningún fracaso estadounidense, como quisieran muchos. Esos héroes muertos honran la memoria de un esfuerzo militar y de un honesto sacrificio por estabilizar un país que mayoritariamente pide libertad.

     

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