Tras la muerte
estos últimos días de otros tres soldados
norteamericanos en un atentado suicida en
coche-bomba al sur de Bagdad, el número de
militares estadounidenses muertos en Irak, desde
marzo de 2003 hasta ahora, supera los 3.500. La
mayoría de las agencias y prensa de noticias se
ha apresurado a utilizar esa cifra como
argumento contra lo que siguen calificando como
la “Guerra de Bush”. La estrategia de politizar
las sacrificadas muertes de los soldados,
iniciada ya por el New York Times, desde que se
alcanzó el primer millar de muertos supone una
falta de respeto hacia los valientes
combatientes en el frente de Irak y, de igual
manera, a todo el pueblo norteamericano
especialmente en tiempos de guerra como los que
ahora vive Estados Unidos. La nefasta
politización de esas muertes, seguida por otros
medios de comunicación en todo el mundo y
también hasta por el Partido Demócrata y voceros
como el congresista Jack Murtha delatan el
difícil momento político que vive la nación
norteamericana.
Lo que no se
cuenta al público general, sin embargo, es que
la verdad en torno a las guerras de Irak y
Afganistán radica en que resultan ser histórica
y proporcionalmente las que menos soldados
norteamericanos muertos en combate han dejado a
lo largo de toda la historia militar de los
Estados Unidos. La mayoría de los soldados en
Irak, además, han muerto en atentados
terroristas y en enfrentamientos con individuos
no identificados con ningún país o con ninguna
bandera concreta, terroristas escondidos bajo un
terrorismo vil y salpicado por todo lo largo y
ancho de Irak, especialmente en Bagdad.
Según las cifras
del Pentágono, en lo que va de junio las bajas
norteamericanas en Irak llegan a 28, después de
que el pasado mes de mayo -el más cruento para
el ejército estadounidense desde noviembre de
2004- que contabilizó la muerte de 123 soldados.
Fuentes del ejército norteamericano explican
este sangriento balance por la estrategia
adoptada a comienzos de 2007, que da prioridad a
poner fin a la escalada de violencia, en
particular en Bagdad, con la ayuda de refuerzos.
Casi 85.000 soldados estadounidenses e iraquíes
están movilizados en el marco de un plan de
seguridad de Bagdad, iniciado hace cuatro meses
bajo el mando el General David Petraeus.
Otro de los
generales, Perry Wiggins, director adjunto de
las operaciones regionales en el estado mayor
conjunto, señaló que los soldados se introducen
ahora en lugares donde no se acercaban antes y
se enfrentan así de modo más directo con los
focos terroristas más viles, precisamente los
centros que no quieren ver un Irak ni estable ni
democrático. El último asesinato a sangre fría
del responsable del Banco Central iraquí en la
provincia de Nínive y de sus dos guardaespaldas,
tiroteados por terroristas hace sólo unas horas
en Mosul, ejemplifica la vileza de cuanto
decimos.
Entretanto, los
nuevos refuerzos norteamericanos siguen siendo
desplegados en Irak y con la próxima llegada de
todos ellos habrá un total de 160.000 soldados
estadounidenses desplegados. La lucha contra el
terrorismo en Irak resulta difícil por la
necesaria colaboración que se requiere tanto del
ejército iraquí como de los ministerios civiles
norteamericanos allí dispuestos. El ejército
norteamericano anunció la adhesión de
responsables tribales sunitas de la provincia de
Salahedín –al norte de Bagdad- a las autoridades
provinciales en la lucha contra Al Qaeda. La
adhesión de estas coaliciones tribales forma
ahora parte de la estrategia estadounidense en
Irak. En la provincia de Al-Anbar, plaza fuerte
de la insurrección sunita al oeste de Irak, una
alianza de jefes tribales llamada “El Despertar
de Al-Anbar” apoya a las fuerzas de seguridad
iraquíes y a los militares estadounidenses en la
lucha contra Al Qaeda.
Según los
testimonios que llegan del ejército
norteamericano, el ambiente positivo que se vive
entre los soldados norteamericanos contrasta con
el ataque permanente contra Bush y contra
Cheney, perceptible en los medios de
comunicación y que se une al derrotismo que el
líder de la mayoría del Senado, el demócrata
Harry Reid, exhibió hace unos días públicamente
al hablar de Irak. Este esfuerzo militar y el
sacrificio de los ya más de 3.500 soldados
norteamericanos y de sus familias por llevar la
democracia a Irak y frenar el terrorismo
yihadista sigue, sin embargo, siendo visto por
los medios de comunicación internacionales, así
como por parte de muchos políticos occidentales,
como un fracaso de los Estados Unidos. Lo
paradójico es que sean precisamente las muertes
de esos soldados las que hacen posible el
mantenimiento de la libertad en el mundo y el
que quienes ahora critican la guerra bajo falsas
premisas pacifistas puedan disfrutar de la
libertad de expresión.
Se equivocan
quienes siguen viendo a estos soldados
norteamericanos caídos en combate como muertes
inútiles. Todas ellas tienen un valor
insustituible y encierran una pérdida que honra
el liderazgo de Estados Unidos en el mundo.
Valdría recordar algunas cifras de la historia
militar de los Estados Unidos para darnos cuenta
de que el número de pérdidas humanas en esta
guerra que lleva ya en marcha cuatro años es
mínima si la comparamos con otras grandes
guerras de la historia norteamericana.
En los cuatro años
que duró la Guerra Civil de Estados Unidos,
entre 1861 y 1865, hasta 623.026 soldados
murieron en batalla. En la Guerra de Cuba,
contra España, Estados Unidos perdió en sólo
unos días de 1898 hasta 2.446 soldados. En la
Primera Guerra Mundial, entre 1917 y 1918 cuando
intervino Estados Unidos, murieron 116.708
soldados norteamericanos. En los cuatro años de
la Segunda Guerra Mundial donde participó
Estados Unidos, la cifra de soldados muertos
llegó a 407.316. Sólo en las horas del
Desembarco de Normandía, el 6 de junio de 1944,
se perdieron más vidas de soldados
norteamericanos que en todo lo que llevamos de
muertes en combate en la Guerra de Irak. En
otras palabras: que las muertes norteamericanas
en Irak en cuatro años representan sólo el 1% de
las muertes que se dieron en ese mismo periodo
de tiempo en la Segunda Guerra Mundial.
En los tres años
de la Guerra de Korea, entre 1950 y 1953,
perdieron la vida 36.914 soldados
estadounidenses y, entre 1964 y 1973, en Vietnam
fueron 58.169 los combatientes muertos. En los
meses escasos que duró la Guerra del Golfo en
1991 hubo 269 muertos y en los cinco años de la
Guerra en Afganistán, han sido únicamente 407
los muertos. Estas cifras ponen en perspectiva
lo que significan estas pérdidas militares en
Irak, más allá de la politización de la guerra
tan al uso ahora. La suma total de hombres y
mujeres norteamericanos que dieron su vida en el
extranjero por defender la libertad en guerras a
nivel mundial alcanza la alta cifra de 619.376.
Demasiado, si se compara con lo que se ha
perdido en Irak en vidas humanas. Es por eso que
resulta tan desafortunada la utilización con
fines políticos del número de soldados muertos
en Irak como vehículo para intentar desactivar
la guerra. Los 3.500 soldados norteamericanos
que han dado voluntariamente su vida en Irak en
más de cuatro años evidencian que no estamos, ni
mucho menos, ante ningún fracaso estadounidense,
como quisieran muchos. Esos héroes muertos
honran la memoria de un esfuerzo militar y de un
honesto sacrificio por estabilizar un país que
mayoritariamente pide libertad.