Los atentados del
11 de septiembre de 2001 se habían venido
anunciando ya en la década de los noventa: en
1993, ya en el World Trade Center de Nueva York;
en 1996 en las Torres Khobar de Dahran, Arabia
Saudita; en 1998 en las embajadas de Kenya y
Tanzania, y en el 2000 en el ataque terrorista
contra el buque norteamericano USS Cole.
Pese a todo ello,
y como ya documentó Gerald Posner, la ceguera de
la administración Clinton, el permanente
apaciguamiento de su sonriente gobierno y la
patética burocracia de agencias de seguridad
mundiales (inluida la Central de Inteligencia
Americana), deben hoy ser entendidas como
ejemplo de lo que se hizo mal entonces y hoy no
puede repetirse. De todo ello ya dio también
cuenta el Informe de la Comisión del 11-S.
Desde entonces,
los esfuerzos de la administración Bush por
luchar contra el terrorismo han pasado por
expulsar al régimen talibán de Afganistán, por
empezar a restituir la democracia en Irak y por
luchar contra el terrorismo de Al Qaeda en todos
los rincones del mundo. El resultado han sido
seis años sin atentados terroristas en suelo
norteamericano, que no es poco, sobre todo si
pensamos en la fuerte pervivencia del terrorismo
yihadista a escala mundial.
Aun así, una gran
parte de los gobiernos mundiales todavía siguen
instalados en el 10 de septiembre de 2001, como
si nada hubiera ocurrido, como si la cosa no
fuera con ellos. Siguen culpando a Estados
Unidos, y particularmente a Bush, de todos los
males del mundo, con una miopía histórica de
incalculables efectos negativos para el futuro
de sus países y del mundo en general.
En esa miopía vive
también cebado lamentablemente el Partido
Demócrata en Estados Unidos, cada vez más
pendiente del sector radicalizado a la izquierda
y absolutamente perdido en cuanto a una real
gestión legislativa. Obsesionado con el
oportunismo electoralista de las próximas
presidenciales, varios políticos de ese partido
han reconocido abiertamente que derrotar a Al
Qaeda en Irak resultaría un problema para su
partido.
Como ya anunció
ayer Diario de América, el general Petraeus
realizó una comparecencia ante la Cámara de
Representantes donde defendió con cifras los
logros alcanzados desde enero, cuando el
presidente George W. Bush incrementó de 130.000
a 160.000 los soldados estadounidenses en Irak.
Según afirmó Petraeus, aunque los logros han
sido desiguales, el terrorismo se ha reducido en
los últimos tres meses en Irak, hasta el punto
de que en las últimas dos semanas se logró el
nivel más bajo de violencia desde junio de 2006.
La intervención de
Petraeus fue interrumpida en varias ocasiones
por las preguntas sectarias de los legisladores
del Partido Demócrata y por gritos de los
votantes y aliados Demócratas: los activistas de
la izquierda norteamericana aglutintados en
grupúsculos bien subvencionados y en favor del
regreso de las tropas. Petraeus no tuvo pelos en
la lengua para defenderse sin medias tintas de
quienes le acusaban de presentar un informe
escrito al dictado de la Casa Blanca, algo que
Petraeus mismo negó, al asegurar que lo había
redactado de su puño y letra, sin presiones de
nadie.
Esta desafortunada
actitud y crítica de los Demócratas contra
Petraeus viene muy bien representada en un
anuncio a toda página que ha publicado sin
vergüenza alguna la organización izquierdista
subvencionada por George Soros, MoveOn.org, en
el diario “The New York Times” –cada vez más
sectario- y en el que se acusa al general
Petraeus de traidor, haciendo un juego de
palabras con su apellido: 'General Petraeus or
General Betray Us', que traducido sería “General
Petraeus” o “General Traiciónanos”. Esta es, en
fin, la base que dicta las acciones del Partido
Demócrata, justo seis años después del 11 de
septiembre.
En ese marco de
política barata -tanto dentro como fuera de
Estados Unidos- vive hoy el mundo esta guerra
fatal contra el terrorismo. Hora es, pues, de
hablar claro y dar la cara, de defender los
valores de la libertad de Occidente y de no
hacer más concesiones ni a los terroristas ni a
quienes directa o indirectamente los apoyan.
Seis años después
del 11 de septiembre de 2001, quienes siguen
negando la existencia de esta amplia guerra
contra el terror yijadista y quienes siguen
confundiendo la lucha por la libertad humana con
particulares pataletas políticas están, desde
luego, ayudando a alargar esta guerra, poniendo
en solfa la seguridad mundial y el futuro de
nuestros hijos. Ya no valen disfraces, sino
hechos.
Quitadas ya las
máscaras, el baile resultaría estremecedor si no
fuera por el liderazgo de un país como Estados
Unidos que, pese a todo, sigue adelante,
avanzando en la historia de la defensa de la
libertad. Y eso... incluso cuando el enemigo
vive en casa disfrazado de partido político o en
la endeble Europa todavía sin ejército, la
Europa "socialdemócrata" que mira pasar el
calendario contando víctimas, aplaudiendo a
Chávez, a Castro o a quien mejor pinte con tal
de ser antiamericano.