El pasado jueves 6
de diciembre, el ex-gobernador de Massachusetts
y aspirante a la Casa Blanca en 2008 –Mitt
Romney- lanzó un espléndido discurso desde Texas
que no ha sentado nada bien a los círculos de la
progresía secular norteamericana. Romney,
religiosamente mormón, se refirió a John Adams -uno
de los padres fundadores de Estados Unidos- y
aseguró como éste que la religión y la libertad
corren paralelas en la vida pública de los
norteamericanos. El discurso de Romney, como no
podía ser de otro modo, ha enojado a la
esquizofrénica izquierda norteamericana, cada
vez más secular y antirreligiosa: la misma
progresía secular que sigue queriendo desterrar
la religión del espacio público como sea. Lo que
Romney ha recordado –con toda la razón- es que
Estados Unidos se fundó sobre la creencia en la
divinidad, más allá de una denominación
particular. Porque la mayoría de los
norteamericanos se sienten creyentes y, en este
sentido, concuerdan con las ideas que el
discurso de Romney trazó sobre la base de lo
propuesto por los padres fundadores en la
Declaración de la Independencia.
Lo que estamos
viviendo en Estados Unidos desde hace algún
tiempo por parte del progresismo secular
infiltrado en el Partido Demócrata y en buena
parte de los medios de comunicación es el
intento determinado de eliminar la religión de
la vida pública. Hay un miedo de las personas
que tienen fe en Dios. La progresía quiere que
la ciudadanía sustituya sus particulares
religiones (predominantemente las de raíz
judeo-cristiana en Estados Unidos) por la gran
religión pagana y falseada del progresismo
secular. El intento de quienes en Estados Unidos
siguen queriendo expulsar la religión de la
esfera pública es convertir a esos creyentes
religiosos en creyentes políticos de su falacia
colectivista por la que el Gran Gobierno es la
solución de los problemas. En lugar de creer en
Dios, se busca que crean en el Gran Estado en
otro intento de idolatrar políticas pasajeras de
seres humanos falibles frente a principios y
valores permanentes como el derecho natural del
hombre a tener fe en la divinidad. La cuestión
no es baladí, ni tampoco es exclusiva de Estados
Unidos. Hoy está ya extendida en todo el mundo
occidental por vía del permanente ataque a los
valores conservadores y bajo capa de estupideces
de lo políticamente correcto.
La realidad
histórica es que Estados Unidos –al igual que
muchos de los grandes países occidentales y
también los de la hispanidad- no fue fundado por
ateos, ni tampoco por agnósticos. Estados Unidos
fue fundado por deístas, hombres religiosos que
plasmaron en sus discursos –véase los de George
Washington, por ejemplo-, su fiel creencia en el
supremo creador que llamamos –desde distintas
denominaciones- Dios. Newt Gingrich acaba de
publicar un magnífico libro “God in America” en
el que se explican con detalle esas raíces
religiosas de Estados Unidos. Sobre esa base de
la libertad religiosa creció lo que hoy es
Estados Unidos. Es en ese marco donde cabe
entender el discurso de 1960 de John F. Kennedy
y el de esta semana de Mitt Romney. Mal que les
pese a los enemigos de la religión, estos
discursos representan lo mejor de la tradición
política norteamericana. No deberían siquiera
ser necesarios, pero a la vista de la ceguera de
algunos –incluidos ciertos grupos integristas-
no viene mal recordar que la libertad en Estados
Unidos incluye también la libertad religiosa. Y
por supuesto, la libertad de ser ateo, pero
nunca la de imponer desde el ateísmo la
expulsión de la religión de la plaza pública. Es
por ello que no hubo nada de intolerante en el
discurso de Romney, por muy mal que haya sentado
su discurso a la progresía secular.
Hoy sabemos ya que
las raíces del progresismo secular y de sus
aplicaciones políticas ligadas a las izquierdas
colectivistas –incluida la socialdemocracia- se
apoyan en un falso relativismo moral. Ni existe
el bien, ni existe el mal, no existe nada… como
vemos en figurones de la política europea y
también norteamericana. En Estados Unidos, lo
que el progresismo secular no puede soportar es
la visión original que se hace de los verdaderos
orígenes de la independencia y de la
Constitución de Estados Unidos. Es por eso que
quienes siguen queriendo desterrar la religión
de la esfera pública o quienes se siguen mofando
de la devoción popular, se sienten más cómodos
leyendo los manifiestos comunistas o las líneas
de Karl Marx que los artículos de la
Constitución de Estados Unidos o la misma
Declaración de la Independencia. Estos que se
llaman progresistas y que sueñan con el
secularismo y con el destierro de la religión de
la sociedad pululan por Estados Unidos, entre
Hollywood y el Partido Demócrata, además de gran
parte de los medios de comunicación y
organizaciones como la ACLU. Estos son quienes
más se han ofendido por el discurso de Romney.
Finalmente, a
nadie puede escapar tampoco el otro lado de toda
esta cuestión: lo injusto que resulta que Romney
deba estar repitiendo su derecho a ser mormón y,
a la vez, a ser también presidente. Porque no
debería ocurrir que a estas alturas de la
historia de Estados Unidos, y en medio de la
campaña electoral, se tenga que estar
defendiendo el derecho a profesar una religión
concreta. Discrepamos con la idea de que esto
sea un intento por parte de Romney de explotar
la cuestión de las diferencias religiosas para
obtener ciertos beneficios políticos. Romney -como
antes John F. Kennedy- tiene todo el derecho a
exponer al mundo sus ideas, mal que les pese a
algunos.