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La importancia de la religión en Estados Unidos

 

Publicado en Diario de América: 08/12/07

El pasado jueves 6 de diciembre, el ex-gobernador de Massachusetts y aspirante a la Casa Blanca en 2008 –Mitt Romney- lanzó un espléndido discurso desde Texas que no ha sentado nada bien a los círculos de la progresía secular norteamericana. Romney, religiosamente mormón, se refirió a John Adams -uno de los padres fundadores de Estados Unidos- y aseguró como éste que la religión y la libertad corren paralelas en la vida pública de los norteamericanos. El discurso de Romney, como no podía ser de otro modo, ha enojado a la esquizofrénica izquierda norteamericana, cada vez más secular y antirreligiosa: la misma progresía secular que sigue queriendo desterrar la religión del espacio público como sea. Lo que Romney ha recordado –con toda la razón- es que Estados Unidos se fundó sobre la creencia en la divinidad, más allá de una denominación particular. Porque la mayoría de los norteamericanos se sienten creyentes y, en este sentido, concuerdan con las ideas que el discurso de Romney trazó sobre la base de lo propuesto por los padres fundadores en la Declaración de la Independencia. 

Lo que estamos viviendo en Estados Unidos desde hace algún tiempo por parte del progresismo secular infiltrado en el Partido Demócrata y en buena parte de los medios de comunicación es el intento determinado de eliminar la religión de la vida pública. Hay un miedo de las personas que tienen fe en Dios. La progresía quiere que la ciudadanía sustituya sus particulares religiones (predominantemente las de raíz judeo-cristiana en Estados Unidos) por la gran religión pagana y falseada del progresismo secular. El intento de quienes en Estados Unidos siguen queriendo expulsar la religión de la esfera pública es convertir a esos creyentes religiosos en creyentes políticos de su falacia colectivista por la que el Gran Gobierno es la solución de los problemas. En lugar de creer en Dios, se busca que crean en el Gran Estado en otro intento de idolatrar políticas pasajeras de seres humanos falibles frente a principios y valores permanentes como el derecho natural del hombre a tener fe en la divinidad. La cuestión no es baladí, ni tampoco es exclusiva de Estados Unidos. Hoy está ya extendida en todo el mundo occidental por vía del permanente ataque a los valores conservadores y bajo capa de estupideces de lo políticamente correcto.

La realidad histórica es que Estados Unidos –al igual que muchos de los grandes países occidentales y también los de la hispanidad- no fue fundado por ateos, ni tampoco por agnósticos. Estados Unidos fue fundado por deístas, hombres religiosos que plasmaron en sus discursos –véase los de George Washington, por ejemplo-, su fiel creencia en el supremo creador que llamamos –desde distintas denominaciones- Dios. Newt Gingrich acaba de publicar un magnífico libro “God in America” en el que se explican con detalle esas raíces religiosas de Estados Unidos. Sobre esa base de la libertad religiosa creció lo que hoy es Estados Unidos. Es en ese marco donde cabe entender el discurso de 1960 de John F. Kennedy y el de esta semana de Mitt Romney. Mal que les pese a los enemigos de la religión, estos discursos representan lo mejor de la tradición política norteamericana. No deberían siquiera ser necesarios, pero a la vista de la ceguera de algunos –incluidos ciertos grupos integristas- no viene mal recordar que la libertad en Estados Unidos incluye también la libertad religiosa. Y por supuesto, la libertad de ser ateo, pero nunca la de imponer desde el ateísmo la expulsión de la religión de la plaza pública. Es por ello que no hubo nada de intolerante en el discurso de Romney, por muy mal que haya sentado su discurso a la progresía secular.

Hoy sabemos ya que las raíces del progresismo secular y de sus aplicaciones políticas ligadas a las izquierdas colectivistas –incluida la socialdemocracia- se apoyan en un falso relativismo moral. Ni existe el bien, ni existe el mal, no existe nada… como vemos en figurones de la política europea y también norteamericana. En Estados Unidos, lo que el progresismo secular no puede soportar es la visión original que se hace de los verdaderos orígenes de la independencia y de la Constitución de Estados Unidos. Es por eso que quienes siguen queriendo desterrar la religión de la esfera pública o quienes se siguen mofando de la devoción popular, se sienten más cómodos leyendo los manifiestos comunistas o las líneas de Karl Marx que los artículos de la Constitución de Estados Unidos o la misma Declaración de la Independencia. Estos que se llaman progresistas y que sueñan con el secularismo y con el destierro de la religión de la sociedad pululan por Estados Unidos, entre Hollywood y el Partido Demócrata, además de gran parte de los medios de comunicación y organizaciones como la ACLU. Estos son quienes más se han ofendido por el discurso de Romney.

Finalmente, a nadie puede escapar tampoco el otro lado de toda esta cuestión: lo injusto que resulta que Romney deba estar repitiendo su derecho a ser mormón y, a la vez, a ser también presidente. Porque no debería ocurrir que a estas alturas de la historia de Estados Unidos, y en medio de la campaña electoral, se tenga que estar defendiendo el derecho a profesar una religión concreta. Discrepamos con la idea de que esto sea un intento por parte de Romney de explotar la cuestión de las diferencias religiosas para obtener ciertos beneficios políticos. Romney -como antes John F. Kennedy- tiene todo el derecho a exponer al mundo sus ideas, mal que les pese a algunos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

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