El pasado jueves,
George W. Bush no tuvo ningún empacho en
comparar a los líderes demócratas del Congreso
de Estados Unidos –Nancy Pelosy y Harry Reid-
con aquellos otros líderes que, a inicios del
siglo XX, hicieron oídos sordos al ascenso de
monstruos como Hitler y Lenin. Bush aludía a que
el mundo pagó ya entonces el precio terrible de
los totalitarismos fascistas y comunistas, y hoy
corre de nuevo el riesgo de situaciones
similares con el totalitarismo que busca imponer
el terrorismo islamofascista.
La acusación de
Bush al Congreso parte de la situación de
estancamiento en las dos cámaras de
representantes de piezas legislativas claves
para Estados Unidos en la lucha contra el
terrorismo, como la urgente y necesaria
aprobación de una ley para regular el espionaje
a sospechosos de terrorismo. Lo mismo puede
decirse en cuanto a la lentitud del Congreso a
la hora de aprobar paquetes de gastos para la
guerra de Irak, el Pentágono y asuntos de
veteranos de guerra. Según Bush, es más que
desafortunado que en tantos asuntos de
importancia para Estados Unidos, el Congreso se
esté comportando como si la nación
norteamericana no estuviera en medio de una
guerra.
Sus críticas hay
que entenderlas en el marco del lento proceso de
confirmación por parte del Congreso de Michael
Mukasey como nuevo Secretario de Justicia. Los
demócratas, en su voluntad permanente de
bloquear todas las propuestas y nominaciones de
Bush, siguen haciendo todo lo posible por
perjudicar la presidencia de Bush. Más allá de
amistades o enemistades políticas, la realidad
es que lo que los líderes demócratas del
Congreso están haciendo es no legislar y, además,
debilitar la capacidad del gobierno
norteamericano de interceptar comunicaciones de
terroristas sobre ataques potenciales a Estados
Unidos.
Resulta
difícilmente explicable cómo, en momentos de
tensión internacional y con miles de soldados
norteamericanos desplegados en zonas álgidas del
planeta, el Congreso –por vía de sus líderes
demócratas- sigan reteniendo fondos económicos
vitales para las tropas norteamericanas que
están haciendo frente al terrorismo de Al Qaeda,
desde Afganistán a Irak.
Como suele ser ya
triste costumbre, el ineficiente líder de la
mayoría demócrata en el Senado, Harry Reid,
sigue empeñado en negar la realidad y hablar de
Irak como la guerra de Bush y la guerra
“perdida” y “sin rumbo”. En el ejemplo de la
mayor ineficacia de liderazgo en el Senado, Reid
–con bajísimos niveles de aprobación popular en
las encuestas- prosigue realizando una gestión
de negativas consecuencias para la ciudadanía.
En ese mismo
Senado, representando al estado de Nueva York,
aparece Hillary Clinton, una de las aspirantes
avanzadas para la nominación por el Partido
Demócrata a la presidencia de Estados Unidos. Su
ventaja actual en las encuestas con respecto a
los demás candidatos es más que sustancial. Sin
embargo, el último debate televisado de los
demócratas el pasado martes dejó serias dudas en
torno a la verdadera Hillary.
A lo largo de su
carrera política, Hillary Clinton ha rehusado
responder honestamente a muchas cosas. El debate
del martes dejó en evidencia las múltiples caras
de Hillary cuando ésta tuvo que responder a una
pregunta por un periodista –Tim Russert- sobre
las licencias para indocumentados en Nueva York
realizadas por el gobernador demócrata Eliot
Spitzer. Su respuesta a favor y en contra, lo
uno y lo otro a la vez, provocó que los
senadores Christopher Dodd y Barack Obama y el
ex senador John Edwards tuvieran que salir al
paso a la mediocre y confusa respuesta de la
principal candidata de su propio partido.
Como no podía ser
de otro modo en el mundo de los Clinton, ahora
los estrategas de la campaña de Hillary quieren
explotar el ridículo papel de la senadora y su
indecisión y doble cara durante el debate
demócrata para proyectarla –nada más y nada
menos- como víctima de sexismo. En este caso,
las siempre legítimas luchas por la igualdad
entre hombres y mujeres quedan desprestigiadas
por una manipuladora como Hillary Clinton y por
un Partido, el Demócrata, con el rumbo cada vez
más confuso.
Cierto es que a
día de hoy la campaña de Hillary no está en
peligro dada su abultada distancia con respecto
al resto de aspirantes, pero la ciudadanía de
Estados Unidos está ya viendo de primera mano el
nivel de oportunismo y demagogia de Hillary
Clinton, la figura que el Partido Demócrata
quiere que sea su principal baza para ganar la
presidencia y gobernar Estados Unidos. En este
contexto cabe ubicar la inoperancia en el
liderazgo que también muestran cada día los
líderes demócratas del Congreso, como el mismo
Bush se ha encargado de apuntar astutamente esta
misma semana.