Neville Chamberlain
alcanzó en 1937 el
puesto de primer
ministro de Inglaterra.
Llevó personalmente los
asuntos de política
exterior, en una línea
de apaciguamiento con la
que soñaba salvaguardar
la paz ofreciendo varias
concesiones a las
ambiciones
expansionistas de un
tirano disimulado
llamado Adolf Hitler.
Esa política del diálogo
y del buen talante
culminó con la
Conferencia de Munich de
1938, que permitió a la
Alemania de Hitler
anexionarse los Sudetes. Chamberlain
pensaba que todos los
recursos de la
diplomacia debían usarse
por la causa de la paz. El
30 septiembre de 1938
volvió a Londres
convencido de haber
asegurado la paz con
Hitler y frente al
número 10 de Downing
Street afirmó papel en
mano: "Creo que a
nuestra época le ha
llegado la hora de la
paz" ("Peace for our
time!"). Lo que pasó
después con Hitler, con
Europa y con el
Holocausto judío, ya lo
sabemos.
Con eso en la memoria,
el pasado 15 de mayo,
George W. Bush conmemoró
ante el Knéset israelí
los sesenta años del
estado de Israel y
aseguró: “Hay quienes
aparentemente creen que
debemos negociar con
terroristas y radicales,
como si algún argumento
ingenioso fuese a
convencerlos de que han
estado equivocados desde
un principio. Hemos oído
este falso y tonto
delirio anteriormente.
Mientras tanques nazis
entraban a Polonia en
1939, un senador
estadounidense declaró:
"Señor, si sólo hubiese
podido hablar con
Hitler, todo esto podría
haberse evitado".
Tenemos una obligación
de llamar esto por su
nombre: el falso
consuelo del
apaciguamiento, lo cual
ha sido desacreditado
repetidamente por la
historia.”
Sólo unas horas después
de esas palabras de Bush
en Israel, el casi
seguro candidato
presidencial por el
Partido Demócrata
norteamericano -Barack
Obama- no perdió un
minuto siquiera para
atacar a Bush y darse
por aludido, al hilo de
unas declaraciones suyas
de hace unas semanas sobre
la necesidad del diálogo
sin condiciones previas
con personajes como
Mahmud Ahmadinejad, Hugo
Chávez o Fidel Castro. A
Obama le han llovido ya las
críticas en un país que
–como Estados Unidos- no
juega ni hace broma con
estas cosas. Setenta
años después del error
de Neville Chamberlain,
aparece ahora en la
política norteamericana este
Obama que, con sólo tres
años en la política
nacional, se cree
también un enviado
mesiánico animado por
una irreflexiva “audacia
de la esperanza” para
pasar a la historia como
fundador de la paz. En
el camino, Obama ignora
la historia y olvida que ni
Kennedy, ni Nixon, Ni
Reagan, ni ninguno de
los presidentes
norteamericanos negociaron
jamás, ni dialogaron
nunca sin establecer
unas condiciones previas.
Mientras Obama haría muy
bien en leer la historia
o las memorias de
Chamberlain y observar
como el político inglés
se arrepintió de sus
graves errores de
apaciguamiento, George
W. Bush habló tres días
después en Egipto ante
el Foro Económico
Mundial reunido en
Sharm el Sheikh. Ante
decenas de líderes
islámicos, Bush no tuvo
pelos en la lengua para
afirmar bien alto la
falacia de quienes
aseguran que la
democracia es
incompatible con el
islam. Al hacerlo,
aseguró también que
Estados Unidos, como la
primera democracia en el
mundo y como una de las
naciones más religiosas
del planeta, goza de la
siempre necesaria
libertad religiosa. Esa
es justo la libertad de
la que carecen casi
todos los países
islámicos por culpa de
tiranos en el poder; esa
es la libertad negada a
las gentes de Irán o
Siria secuestradas por
despreciables líderes,
justo con los que
precisamente Obama
quiere sentarse a hablar
sin condiciones.