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La doble cara del
Partido Demócrata
Publicado en
Diario de América: 18/01/08
Detrás de los elogios mediáticos a
Barack Obama y a Hillary Clinton se esconde una
lucha feroz por parte de los Clinton y la maquinaria
del Partido Demócrata por echar a patadas a Obama de
la carrera presidencial. En eso, los Clinton y sus
seguidores progresistas -incluidos los reverendos
negros que se dicen seguidores de Martin Luther King,
Jr.- hacen piña. El triunfo de Obama sería poner en
evidencia la farsa de varias décadas que nutre a la
izquierda norteamericana y su supuesto apoyo a las
minorías. Ahora era el momento con Obama, pero no
les interesa. Es la doble cara del Partido
Demócrata.
Cualquiera que haya seguido la
política norteamericana y, en concreto, las andanzas
del Partido Demócrata no puede llamarse a engaño.
Estos que se llaman progresistas y que tanto se
enorgullecen de ser anticonservadores –los “Liberal
Democrats”- sufren una patología interna no sólo en
lo moral, sino también en lo ético. Lo vimos a
finales de los sesenta y ya desde los setenta con
personajes como George McGovern, luego Jimmy Carter
y ya hasta hoy con la maquinaria del Partido
Demócrata engrasada cada día por los Clinton. Se
trata, supuestamente, del partido defensor de las
minorías y de los derechos civiles de los negros.
Nada de eso. Algún día habrá que contar el
importante papel del Partido Republicano para
aprobar esos derechos y la turba segregacionista
de políticos demócratas como James W. Fulbright
-mentor de Bill Clinton- o antiguos kukluxklaneros
como el actual senador demócrata Robert Byrd.
Cuando resulta que en estas
elecciones presidenciales de 2008 sale a la palestra
Barack Obama -el primer político negro en Estados
Unidos con posibilidades reales de optar a ser el
candidato presidencial por el Partido Demócrata- las
cosas ya no gustan tanto en el seno de la progresía
norteamericana alojada en ese partido. Es por eso
que la inmediata reacción del perverso aparato
político de los Clinton sólo busca destruir a Obama,
pero no con ideas o debates, sino con ataques
personales incluidos algunos de talante racista. Al
inicio, a los Clinton les importaba poco que Obama
fuera un aspirante en la carrera presidencial porque
lo veían como un peso menor, un advenedizo sin
opciones. Conforme crecen las posibilidades de Obama
y su popularidad supera a la de la Hillary Clinton,
entonces el objetivo es terminar con él como sea.
Se deduce entonces que si realmente
el Partido Demócrata creyera en sus falsas promesas
en favor de las minorías y cumpliera todo lo que
dice respecto a su apoyo a la comunidad negra o
"afro-americana", entonces –por lógica- debería
haber un movimiento serio para apoyar a Obama desde
el mismo seno del Partido Demócrata. Pero nada de
eso. O muy poco. No se trata de sugerir que Hillary
Clinton o John Edwards dejen paso en la carrera
presidencial a Obama para probar su verdadero apoyo
a estos grupos minoritarios. No planteamos eso. Se
trata simplemente de no utilizar tácticas sucias
para atacar particularmente a Obama como ya se ha
hecho repetidamente desde el cuartel de los amos
mayores, los Clinton, o sea quienes siguen mandando
en el Partido Demócrata.
Y es que a estos “Liberal Democrats”,
a estos progresistas del Partido Demócrata les
importa un bledo lo de las minorías. Es todo vana
palabrería para aparentar un buenismo artificial que
luego les permite mantenerse en el cargo y atacar a
la derecha conservadora y llamarla racista, homófoba
y toda la ristra conocida de disparates infundados.
Basta ir a la historia. Por eso, cuando Obama acecha
con su posible avance en las primarias, los Clinton
y su maquinaria –incluido el acomodado sector de
aprovechados políticos negros como Jesse Jackson y
Al Sharpton, además de parlanchines como Bob Kerrey- atacan
a Obama sacando trapos sucios aquí y allá. No es
cuestión ya de mera política, sino de un meditado
esfuerzo por echar al atrevido negro Obama de la
carrera presidencial. Faltaría más.
Desde luego, la derecha conservadora
norteamericana intentará que Obama no gane, y hará
bien porque el Senador de Illinois muestra
importantes lagunas en su ideario. Pero esa
oposición se realizará -cuando se dé el caso, si es
que a Obama le dejan avanzar sus correligionarios de
partido- sobre el sano debate de los temas que
interesen a los ciudadanos, no sobre ataques
personales o escondidas descalificaciones raciales o
personales –como ya han hechos los Clinton y sus
"esclavos"-. Tal es una de las muchas diferencias
entre el Partido Republicano y el Partido Demócrata,
al menos en lo que se trata de defender los
principios y responder en la práctica por ellos.
Lo paradójico del tema es que Si
Barack Obama acabara ganando la nominación de su
partido y aun la presidencia, esa sería la peor cosa
que le podría ocurrir al Partido Demócrata porque su
falso argumento de que Estados Unidos es un país
racista, se caería por la borda. El tenderete de
negocio montado por los Clinton en comparsa con los
negros Sharpton y Jackson sobre el tema de la
discriminación racial quedaría en evidencia y la
doble cara del Partido Demócrata también. Porque
Obama habría llegado a la Casa Blanca sin tener que
pagar peaje, ni dádiva, ni favores ni a los Clinton
ni a esos hipócritas reverendos de la negritud
anidados en el Partido Demócrata y siempre a las
órdenes de sus amos de Arkansas. Y todo para guardar
el puestecito, aunque sea incluso a costa de ir
contra otro hermano negro como Obama.
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