En Estados Unidos,
como en muchos países del mundo, este segundo
domingo de mayo celebramos el “Día de la Madre”.
El recuerdo oficial de esta festividad tiene
lugar en más de cuarenta países del planeta, en
diversas fechas, formas y maneras. Desde las
viejas civilizaciones y por vía de muchas de las
antiguas religiones, la gran madre fue siempre
un objeto de culto y reconocimiento. En
Occidente nos remontamos a las fiestas
primaverales de la antigua Grecia, cuando Rea
era celebrada como la gran madre de los dioses,
de Júpiter, de Neptuno, de Plutón. Conforme el
sentimiento cristiano se fue extendiendo por
todo Occidente, por Europa y por las Américas,
se comenzó a honrar también a la "Madre Iglesia",
como poder espiritual que daba vida y que
protegía de todo mal al pueblo. Poco a poco, la
festividad de la Iglesia se combinó con diversas
celebraciones populares, como el "Mothering
Sunday" para las sirvientas en la Inglaterra del
siglo XVII, o como el “Mother´s Day” en Estados
Unidos, celebrado oficialmente desde inicios del
siglo XX cada segundo domingo de mayo. En España,
el arraigado y sano catolicismo popular
coincidió también con ese mes de Mayo, mes de
María, mes de lirios y azaleas para la madre de
Cristo.
El Día de la Madre
es una de esas pocas fechas que salta por encima
de particularidades nacionales, de políticas
baratas o de oportunismos ideológicos. Todos
tenemos una madre y, en la inmensa mayoría de
los casos, todos la recordamos con profundo amor
y con cariño. En esta fecha, la figura del padre
se hace a un lado para honrar como se merece
todo el esplendor de la mujer, en su más alta belleza,
en su maternidad, en su juventud y en su vejez.
En la distancia del espacio o del tiempo, el
dicho popular de que “madre sólo hay una” se
concreta en este día para hacerse más real y
verdadero. Ese sentimiento es el que este fin de
semana de mayo recordamos los norteamericanos y
lo que, la semana pasada, recordaron también
muchos españoles. El Día de la Madre constituye
el reconocimiento de cada individuo y de cada
sociedad de la importancia capital de la figura
maternal: su don único y sagrado de generar,
proteger y dar luz a la joya que es toda vida
humana. En estos tiempos de relativismo cultural
y bancarrota moral, este Día de la Madre debe a
todos traernos nuestro particular recuerdo
personal de aquella mujer y aquella madre a
quien, por gracia divina, debemos la razón de
nuestra vida y de nuestra existencia.
Nadie puede ser
ajeno hoy al peligroso estado en el que se halla
la maternidad en Occidente, con descendientes
tasas de natalidad y con el escaso y a veces
nulo esfuerzo de gobiernos y sociedades enteras
por generar una auténtica cultura en defensa de
la vida humana. Es precisamente en la protección
y defensa de esa vida humana donde hoy cabe
entender la razón misma para celebrar nuestra
presencia en el mundo gracias a la figura de la
madre y como evocación de aquella nuestra
infancia. Nuestras historias personales, ya lo
sabemos, son siempre distintas y apuntan a
recuerdos, sonrisas, gestos y también a llantos,
tiempos todos sellados en antiguas fotografías y
en imborrables recuerdos para la eternidad. En
el fondo de todos nosotros late siempre la
llamada de la vida y del origen, de la madre de
ayer y la de hoy, allá donde se encuentre. Para
que siga habiendo madres y más días de la madre,
valgan estas líneas de recuerdo y homenaje para
todas las madres del mundo. Para la mía, si me
lo permiten, va hoy un beso y un abrazo desde
aquí y a través de las olas, el mismo beso y el
mismo abrazo de entonces...