Mitt Romney
anunció ayer en Washington que suspendía su
carrera presidencial. Lo hizo como un caballero
y por la razón única y valiente de ayudar a
Estados Unidos y no a sí mismo. El
discurso de Romney quedará para la historia
porque supone una de las mejores articulaciones
de la situación ante la que se encuentra América
y Occidente en lo que va del siglo XXI y en el
contexto de la guerra contra la salvajada que es
el yihadismo radical terrorista. “Si esto
fuera sólo sobre mí –afirmó Romney-
seguiría. Pero entré en esta campaña porque amo
a América… y porque amo a América, siento que
debo echarme a un lado, por nuestro partido y
por nuestro país”.
Mitt Romney se
echa a un lado para no ser un obstáculo para
McCain ni para su partido –el republicano-
necesitado de curar sus heridas y aclarar su
plantel a nueve meses de las elecciones
generales para la presidencia. Romney se va pero
McCain no debería dejarle escapar. Porque Romney
deja vía libre a McCain para evitar que Barack
Obama o Hillary Clinton aprovechen las luchas
internas en la derecha norteamericana y se
lleven la Casa Blanca para la izquierda más
siniestra vista aquí desde hace muchos años.
Bien sabemos que Romney podía haber seguido
adelante en la campaña. Dinero no le faltaba
para ganar más delegados en los casi veinte
estados que aún quedan en juego. Equipo no le
faltaba tampoco para alterar con sus delegados
una Convención Republicana que quedaría casi
rota el próximo septiembre en St. Paul y haciendo
la nominación de McCain difícil y quebrada, si
no imposible.
El modo en que se
ha producido la salida de la campaña de Romney
debe ser un orgullo para los conservadores.
Supone tristemente el fin a una auténtica
alternativa conservadora entre los candidatos
que restaban, pero es un ejemplo de la altura
política de Romney. Huckabee no puede ganar más
allá del voto evangélico sureño -en realidad más
el bautista que el evangélico- y debería
honestamente seguir los pasos de Romney y dejar
el camino libre para poder unificar una
estrategia real de futuro en el seno de la
derecha norteamericana con el fin de parar a
Hillary u Obama. Por el mismo razonamiento,
McCain debería movilizarse y asegurar con
franqueza una y mil veces una agenda
conservadora para su presidencia anunciando
cuanto antes que su vicepresidente será un
verdadero conservador: alguien de nombre "Mitt"
y de apellido "Romney". No cabe otra opción si
es que McCain quiere tener un apoyo real y
creíble entre la base votante conservadora que
tanto necesita para tener opciones reales en las
generales.
Reconozcamos que
no es éste el panorama que algunos hubieramos
deseado, sobre todo por el difícil compromiso
que supone para los conservadores ceder ante la
maquinaria "moderada" republicana que ha venido
elevando ficticiamente a John McCain a las
alturas. Digámoslo claro ya: el éxito en las
primarias de McCain está en directa proporción
con el voto dividido a tres bandas de los
conservadores (entre Romney, Huckabee y
Thompson). De haber habido un único
y fuerte candidato conservador apoyado
unánimemente por toda la base conservadora -como
siempre ha sido el caso en las primarias-,
McCain hubiera tenido pocas posibilidades de
alcanzar la nominación final, como se percibía
hasta hace sólo unas semanas. Es por eso que en
varias ocasiones hemos dejado claras nuestras
diferencias con McCain y nuestras dudas ante un
político escasamente conservador y abrazado
muchas veces -demasiadas- a la progresía de los
demócratas.
Pero llegados
aquí, en esta encrucijada histórica de
nominación que es única en los últimos ochenta
años en la historia electoral norteamericana,
quienes creemos en los valores conservadores no
tenemos otra opción que actuar. Para ello hay
que asegurar el voto a todos los conservadores
que se presenten al congreso y al senado. Para
ello hay también que apoyar la posibilidad de un
“ticket” donde se incluya un componente
conservador como el que ofrecería un posible
McCain-Romney o incluso... McCain-Thompson, como
otra posibilidad. Y nótese que no citamos a
Huckabee, porque el ex-gobernador de Arkansas
tiene más de populista que de conservador, como
ya hemos escrito. No se trata de ceder en los
principios, pero entre que a uno le partan las
dos piernas y los dos brazos a la vez (Hillary u
Obama), o que le rompan sólo un brazo, siempre
preferiremos lo segundo (McCain). Y si el
accidente luego tiene un buen doctor para sanar
los males (Romney o incluso Thompson) mucho
mejor para recuperarse y poder seguir peleando
por los valores que han hecho grande a Estados
Unidos.
Más allá de la
problemática figura de McCain, con quien -como
se verá- no coincidimos en muchas cosas, lo
ejemplar de la jornada de ayer es que
presenciamos la grandeza de la democracia
norteamericana y, sobre todo, la altura política
y la categoría humana que a nuestro juicio tiene
Mitt Romney. Parte del dinero sobrante de su
campaña lo ha donado el propio Romney al
Hospital Militar Walter Reed, emblematico en
cuanto a los heridos de la Guerra de Irak. En
corolario: si McCain quiere ganar de verdad en
noviembre, necesita unir a republicanos y
conservadores. Para ello, su mejor opción es
pedirle a Mitt Romney que sea su compañero en el
"ticket" para las generales como vicepresidente.
Dudamos que McCain lo haga, pero aquí queda
escrito.
No actuar así y
obstinarse en seguir siendo el "maverick" de los
últimos años será cometer un suicidio político y
tirar una ocasión de oro para unir a la más que
descontenta base electoral conservadora. Otra
cosa será que Romney acepte la invitación de
McCain pero éste debe al menos intentarlo.
Además de eso, y de los setenta años largos de
edad de McCain, habría que pensar en un
compromiso de éste por ser presidente durante
sólo un turno y abrir el camino al
Vicepresidente Romney para optar a la
presidencia ya en 2012. Romney, en fin, se fue
ayer como un caballero y es ahora cuando McCain
debe tenderle el guante y ganar la Casa Blanca
para la derecha norteamericana. El
discurso de McCain ayer tarde en la
conservadora conferencia de CPAC no es
suficiente para cerrar las heridas levantadas
entre conservadores y McCain, pero es un primer
paso.
De cualquier
forma, quizá estemos soñando y hasta aún estemos
dando demasiado crédito a McCain. No se nos
escapa que un político tan volátil como McCain
en la presidencia con una mayoría demócrata en
las dos cámaras legislativas achuchándole puede
ser una bomba de relojería en temas como la
inmigración, los jueces, Guantánamo, la cuestión
energética y otras obsesiones de McCain
demostradas en los últimos años. Aun así, sus
acciones como presidente -de ser finalmente
elegido- las juzgará la historia. Es por ello
que una figura como Romney a su lado puede
favorecer la orientación de los próximos años.
Lo cierto, en cualquier caso, es que noviembre
de 2008 es la última oportunidad presidencial
real para McCain. Romney, por su parte, y más
allá de lo que decida hacer McCain repecto a la
vicepresidencia, siempre tendrá otras
oportunidades. La brillante campaña de Romney y
su discurso de hoy en el CPAC le han hecho
entrar ya por méritos propios en la casa
conservadora. Y eso en este país con la
democracia más antigua, vale su peso en oro
mirando hacia 2012.