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Futbol y patrias

 

Publicado en Asturias Liberal: 26/11/04

 

En estos últimos días he presenciado dos partidos de fútbol. Uno, de fútbol americano. El otro frente a la televisión y con motivo del F.C. Barcelona- Real Madrid C.F. Entre un sábado y otro he sido testigo de dos formas y caminos diferentes de entender, al hilo del deporte, la expresión que de la patria se tiene a uno y a otro lado del Atlántico. En EEUU, respeto y admiración de los aficionados al deporte por su condición de norteamericanos. En Cataluña, odio y desprecio de algunos por España.

 

Hoy sabemos que los más grandes países de la historia han compartido siempre un profundo sentido patriótico: el del amor a la patria simbolizada en su bandera. En EEUU los ciudadanos son y se sienten patriotas. Aman a su patria y procuran todo su bien. Respetan la ley, el Estado de Derecho, la Constitución y la bandera como símbolos de ese sano patriotismo. Aunque aman también las banderas de sus respectivos estados, por encima de todas ellas está siempre la norteamericana. Acabadas las elecciones, demócratas y republicanos, cristianos y judíos, negros y blancos, neoyorquinos y tejanos, californianos y georgianos son todos, lo primero, norteamericanos.

 

Hace unos días, y aprovechando un partido de fútbol, la televisión catalana exhibió al mundo la pancarta de ¨Catalonia is not Spain¨. Al verla contrasté esas palabras con las expresiones que sólo una semana antes había vivido al asistir al homenaje que profesores y estudiantes ofrecimos en el descanso del partido a uno de nuestros estudiantes muerto como soldado en la Guerra de Afganistán. Hablo de Pat Tillman, quien aparte de estudiante, fue también excelente deportista que llegó a ser jugador de la liga profesional de fútbol. Tras el 11-S cambió su millonario contrato en la NFL por la defensa de la libertad y de la bandera de su país. En el descanso de ese partido entre las universidades de Arizona State, donde estudió y jugó Pat Tillman, y Washington State sonó el himno norteamericano y vi cómo varias decenas de miles de jóvenes cantaban orgullosos la letra de su himno.

 

Por eso digo que una semana después, comparando ese amor de los norteamericanos por su país, veía con tristeza la pancarta del Camp Nou. Era aquello expresión de una resquebrajada España en la que, para algunos, el mero nombre de su patria produce inmediato rechazo. Es la España donde en ciertos lugares se desprecia la bandera constitucional, donde es ignorada o insultada cuando no quemada- al verse como excesivo alarde patriotero con tufillo retrógrado. Me acordé también de que en España se ha acabado sustituyendo su mismo nombre por vagos conceptos de nacionalidades abstractas y pluralidades reinventadas y tergiversadas. Y me pregunté cómo es posible que el concepto mismo de patriota les sirva ahora al independentismo secesio-terrorista.

 

Esta España, cuya única soberanía debe residir sólo en el pueblo, sigue estando invertebrada. Se confunden las cosas y se genera un relativismo tan peligroso como dañino. Ha de ser el ciudadano, el pueblo soberano, el que juzgue si sus sentimientos sobre España y sobre su verdadero papel en el mundo coinciden verdaderamente con los de sus gobernantes. Como han hecho los norteamericanos en las últimas elecciones, la ciudadanía española habrá de valorar cuando vuelva a votar si se respetan o no en España los principios claves que nos unen: nuestra condición de españoles y el símbolo que nos arropa bajo una misma constitución monárquica, una misma bandera común y una lengua compartida por todos.

 

No hacer ese ejercicio de reflexión y no defender la idea de España y el símbolo histórico de su bandera y su lengua permite dar alas a quienes rechazan y hasta odian la idea de España. Permite que un grupo de profesores sean amenazados en Barcelona o en Vitoria por el mero hecho de sentirse españoles. Permite que un alcalde ceda un velódromo público a grupos que abiertamente atentan contra España.

 

Ser español y amar la propia tierra es ser patriota, no patriotero. En esa tierra común, que es de todos, y en el marco constitucional de un pueblo hermanado bajo el concepto de España resulta posible y necesario también amar a Cataluña, a Vascongadas, a Castilla, a Galicia, a Asturias, a Andalucía, a Aragón, a La Rioja. Por eso urge acabar con la mentira y el relativismo. Falta entender que quienes atentan contra la idea de España atentan contra su mismo pueblo soberano. El camino norteamericano es el del homenaje a su bandera y a sus muertos, como Tillman. El camino de los nacionalismos antiespañoles es el del desprecio a España y el odio a un nombre y una bandera que representa constitucional y legalmente a la inmensa mayoría de los españoles. Pues eso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

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